Abueletes eminentes.

Publicado: 28 septiembre, 2010 en Artículos, Post Libres
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A lo largo de la vida me he encontrado con muchas personas, especialmente mujeres, que coleccionana bebés. Quiero decir fotografías o dibujos de los mismos -evidentemente nadie colecciona seres humanos de corta edad y tamaño portátil-, en algunos casos con un fervor casi religioso que les llevaba a forrar sus carpetas o llenar álbumes de en las distintas redes sociales.

Yo, por mi parte, colecciono abuelos desde hace unos años. Concretamente parejas de eminentes yayos. Aunque por ahora me vale con fijarme y recordarlos. Lo de las fotos me parece un poco enfermizo.

La razón es muy simple: A pesar de mi edad, me siento más cercano a ellos. Me recuerdan  tiempos mejores, cuando la gente por norma se trataba con respeto, el honor era  algo con lo que no se jugaba y la palabra dada se mantenía, en muchos casos, de por vida. Hombres y mujeres que fueron jóvenes como yo, con la sutil diferencia de que eran capaces de morir por una idea, mantenerse dignos sin buscar el lucro fácil y amarse durante toda la vida porque no concebían otra forma de hacerlo.

Evidentemente no todos eran así, ni todos los jóvenes de ahora lo contrario. Pero es la idea que me transmiten. Veo a los grupos de chavales de hoy -o el mío mismo, que todavía no he llegado a la treintena copón…- y no puedo evitar pensar que hemos perdido con los años. Nunca una generación había tenido acceso a tanto y lo habia aprovechado tan poco. Hordas de críos con pereza congénita, sin ningún tipo de valores y ninguna ambición más allá de la puta pela y el placer inmediato como único fin. Generaciones, en suma, sin carácter, ni pasión, ni ideales, enfrentadas a un mundo siempre jodido y cruel, donde difícilmente encontrarán consuelo con esta mentalidad. Nuestra sociedad ha llegado a un punto en el que se banaliza la cuestión intentando sacar tajado de lo peor que tenemos (genereción ni-ni o los programas del corazón me vienen a la cabeza en este momento), como si fuera algo de lo que enorgullecernos o reírnos, cuando es patético, triste y grave.

Pensaba en esto esta mañana cuando, sentado en una calle cercana a la Glorieta de López de Hoyos, me crucé con una pareja de ancianos que caminaban lentamente por la acera. Vestían de una manera completamente ajena a la moda de hoy (como suelen, por otra parte), lo que no era óbice para que él marchara muy chulo dándole el brazo a su señora, y ella, bien agarrada, se concentrara en echarle un vistazo al correo de su buzón. Luego siguieron calle arriba hasta que les perdí de vista, imagino que sin percatarse que habían dejado al chaval de la camisa y el periódico con el run-run en la cabeza.

Supongo que cada uno interpreta la realidad como le sale, sin pararse realmente a analizar dichas ideas. De ser así, podría entender lo de las fotos de los bebés o haber concluido que igual los dos vejetes, en la intimidad de su hogar, estaban hasta los huevos el uno del otro y que habían criado/cometido una familia de gilipollas en potencia.

Por suerte no lo hice y lo cierto es que gracias a ello me alegraron la mañana.  A veces, cuando no quedan muchas esperanzas en el futuro hay que buscarlas en el pasado.

Chau.

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comentarios
  1. Ana Islas dice:

    Recuerdo muy bien la fama que tenía mi abuelo en su barrio. Todos lo saludaban y lo veneraban. Le llamaban “El español”, porque llevaba una boina que mi padre le compró cuando vino a España. A él le gustaba el mote y no los corregía, aunque fuera de Pachuca, Hidalgo. Era muy cordial con todo el mundo, abría las puertas y dejaba pasar, saludaba de mano a todo el que veía. No lo recuerdo siendo nunca grosero con nadie, mas que con su esposa. Jamás se divorció, aunque debió hacerlo. ¿A qué voy con esto? Eran otras épocas. Había cosas buenas, increíbles, pero que no siempre se sostenían en las razones correctas. Lo ideal sería buscar un punto intermedio que nos permita no vivir encerrados y engañados en el qué dirán, el deber ser y el machismo que vivieron nuestros abuelos, ni tampoco ensimismados en el tener más, gastar más, reciclar y vivir el momento.

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