“¡DEJADNOS EN PAZ!”

Publicado: 21 junio, 2012 en Artículos, Post Libres
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Hay días en los que te levantas, lees la portada de un periódico y te entran ganas de ponerte a escribir como si no hubiera mañana. Hoy es uno de esos días.

ABC publica en portada una de las propuestas presentadas por la dirigente del partido alemán Die Linke (la izquierda),  Katja Kipping, quien opina que es necesario establecer un salario máximo de 40.000 euros mensuales, pues considera que no es necesario más dinero para vivir una vida más que holgada. Y tiene razón, no es necesario más dinero para vivir bien. Pero se olvida de una cosa, algo que es fundamental, la misma base de la sociedad occidental y el motivo por el que la gente hace lo que hace, se esfuerza lo que se esfuerza y alcanza las metas que alcanza: El derecho a ser dueño del producto de su mente. Es decir, el derecho a la propiedad privada.

Como siempre en la historia, los justos van a acabar pagando por los pecadores. Por culpa de todos aquellos que se han enriquecido sin esfuerzo, quienes sí lo hicieron verán recortadas sus libertades. Por culpa de aquellos para quienes robar y llevar a cabo cualquier tipo de pillaje está justificado, para quienes el fin justifica los medios, los que ha creado su propia riqueza, los que han alcanzado grandes metas, verán una imposición, por ley, que les dice que ellos no son dueños de su trabajo. Que no importa tu capacidad, tu esfuerzo o lo que tú, como individuo, quieres.

De nuevo el pensamiento teleológico de los colectivistas pasará por encima de toda norma. Es triste ver que los principios planteados por un hombre tan notable como John Stuart Mill hayan hecho tanto daño al ciudadano de a pie. La gente como la señora Kipping en nada valora a la persona. Hablan en nombre de “el pueblo”, tratan de defenderlo, de apoyarlo, de cuidar de él. Pero no tienen ni idea, porque no respetan al individuo, y éste, junto con sus derechos, lo son todo. No existe un “pueblo”. Ni un “sistema”. Ni un “pensamiento colectivo”. Todos esos términos no son más que la suma de ideas, opiniones y pensamientos individuales. Y del mismo modo que no es posible digerir una comida con un estómago colectivo, no es posible un pensamiento colectivo.

La gente como Kipping, y en general todos los políticos, no respetan ningún tipo de valor o norma, sino el uso del número. El comunismo y el fascismo usaron la fuerza como herramienta, mientras que los partidos actuales usan el voto. Todo puedes ser cambiado, o erradicado, mientras cuente con una mayoría detrás. Y poco importan las reglas del juego o que eso suponga pisotear a la minoría: Tienen la legitimidad que da el número. Pero se olvidan de que la minoría más básica, la más importante, es el individuo. La persona. Usted. Y yo.

Los políticos no pueden decidir cada aspecto de nuestra vida. Los políticos, que nada producen, no pueden llevar el timón de la vida de aquellos que sí lo hacen. Las funciones de los políticos deben estar limitadas al máximo y ocuparse únicamente de defender los derechos individuales: Atacar a quienes roben o usen la fuerza contra otros. Exclusivamente.

El hombre tiene derecho a decidir sobre el producto de su mente. Desde el acto de coger una taza de café por la mañana a construir un motor de última generación, todo trabajo o acción humana nace de su cerebro. Y puesto que es responsable de sus actos, también es dueño de sus esfuerzos. Quien escribe una novela, compone una canción, construye un rascacielos o desarrolla una vacuna merece vivir del fruto de su trabajo. Merece enriquecerse. Merece ser millonario si su aportación así resulta. Y no es algo que se haga a espaldas de los demás, como si de una traición se tratara. Los empresarios se hacen millonarios porque nosotros, el resto de los ciudadanos, les hacemos ricos con nuestros actos de cada día. No es una cuestión de qué necesita cada uno para vivir, es una cuestión mucho más básica y primaria: justicia para tener cada uno lo que merecemos. Si somos libres, debemos serlo con todas las consecuencias.

Esta medida no funcionará, como nunca ha funcionado en la historia, porque ataca el motor de la vida: cada hombre debe poder perseguir aquello que quiere. Llamémoslo ambición, ganas de cambiar el mundo, éxito o simplemente sensación de enriquecer nuestro propio ego. Las personas se levantan cada día queriendo ser dueñas de su vida. Y mientras ese deseo no implique robar o atacar a otro de manera ilegal es vital que sea respetado. Ningún empresario desarrollará todo su potencial sabiendo que le están imponiendo un límite. Ningún empleado dará lo mejor de sí sabiendo que de nada valdrá su esfuerzo llegado un punto. Ningún creador revolucionará el mundo si se le roba su obra. No se trata de una cuestión monetaria, sino del significado del dinero en nuestra sociedad: la representación física de tu esfuerzo, tu valía y tu aportación. Quien ha ganado su dinero honradamente debe ser tan rico como los beneficiarios de su trabajo decidan. Es decir, lo que ustedes y yo decidamos al escoger una marca de gasolina, un jersey, una compañía eléctrica, una botella de whisky o un aparato de última generación. Que exista gente millonaria que no lo merece no significa que este planteamiento sea erróneo, significa que algo estamos haciendo mal. Y ese mal se llama intervencionismo estatal.

No sé si la señora Kipping ha leído muchos libros de historia, pero la está cagando. Y resulta que ésta es muy cíclica y vamos camino de volver a repetirla. La regulación siempre ha terminado en ruina. Y resolver el problema con más regulación es un parche que volverá a estallar.

En realidad debería darle las gracias. Con los pasos que se están dando puede que tenga la suerte de llegar a viejo y ver como los productores, como ya ocurrió en Francia en el siglo XVIII, se vuelvan a levantar tras décadas de insultos, trabas y robos y repitan aquellas palabras que supusieron los años de mayor desarrollo del ser humano en toda la historia: “Dejadnos en paz”. De una vez por todas.

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comentarios
  1. Pepe dice:

    Ole ole, cuánta razón.

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