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A VUELTAS CON LA UGT

Publicado: 10 diciembre, 2013 en Artículos
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No puedo con los socialistas. Cada vez que pienso en la tan típica jeta española, se me viene el careto de alguno de estos auténticos trileros. En las Ramblas tendrían que estar, mis primos. ¿La última? Convertir los delitos de la UGT en una “campaña”, un “ataque” de la derecha que, obviamente, no puede quedar sin respuesta.

En palabras de Tomás Gómez: “Hay que pasar a la ofensiva!” Como si esta gente hubiera dejado alguna vez pasar la ocasión de defenderse, les hayan atacado o no. Violentos intolerantes que atacan todo (y a todos) los que no piensan como ellos y consiguen aún dar la imagen de pacíficos y víctimas.

Se podrá mentir más, ¿pero mejor? Imposible.

La realidad es que esto no es más que una pataleta. Una excusa para tapar sus vergüenzas. Estos señores son unos ladrones, han metido la pata hasta el corvejón y les han pillado robando a los mismos trabajadores que dicen representar. Ahora necesitan un cabeza de turco al que cargarle las culpas, pensando que todo el mundo es idiota y que cualquier tontería que digan va a misa. Un pensamiento muy socialista -El estado tiene que cuidar de todos porque la gente es tonta y no sabe vivir sin correa, ya saben- por otra parte. Así que vamos a culpar a la derecha y así, de la que le endilgamos una al gobierno, le damos otra a los “fascistas” (cualquiera es fascista para esta gente) que son quienes emitieron facturas falsas a nuestro nombre, nos metieron el dinero de los ERE de Andalucía en el bolsillo y convencieron a una fábrica china para copiar la obra de trabajadores y empresarios españoles.

Hay que ser muy sinvergüenza para llegar al nivel de esta gente. Ojo, que no es algo exclusivo de ellos, porque en España de sinvergüenzas sabemos un rato. Pero sí es un dato significativo a tener en cuenta: Para que te cuelguen esa etiqueta en el país de los golfos hay que ser un auténtico “crack” en la cuestión.

Fuera los sindicatos públicos. Fuera las subvenciones, las ayudas, las figuras de los liberados y, en general, toda actividad sindical que se pague con los impuestos de los ciudadanos. Yo no quiero ser de la UGT, ni de CC.OO. Y puesto que no quiero, no tengo porque destinar ni un solo duro a mantener una institución de golfos, analfabetos y vagos que se dedican a vivir del sudor de los que sí trabajan. Los sindicatos, que se costeen con el dinero de sus afiliados, y si el señor Méndez no le da para comprarse otro reloj Omega, pues ajo y agua.

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Si hay un género de moda hoy en el mundo del humor, ése es el del monólogo. Desde los tiempos de Jerry Seinfield, los monólogos han cruzado fronteras, convirtiéndose en un referente dentro del humor y acaparando actuaciones en restaurantes, bares, teatros y finalmente, la TV. En algunos casos, alcanzando cotas difícilmente superables.

Entre los cientos de buenos cómicos que destacan en todo el mundo (quizá “miles” sea aún más apropiado), hay uno que ha caído recientemente en mis manos, pese a llevar ya muchos años en lo más alto del mundillo.: Louie C.K. Probablemente entre los 5 cómicos más famosos a día de hoy en EE.UU. Por no decir, directamente, el número 1.

Vayamos al grano: ¿Te ríes con C.K.? Sí. Mucho. Una barbaridad. Pero ésa no es la única razón de su éxito, puesto que, en mayor o menor medida, uno se ríe con cualquier cómico medianamente bueno. ¿Qué le hace especial? Que se pasa 3 pueblos. Simple y llanamente. Louie hace que te avergüences de reírte de sus chistes. Ahí está, creo yo, la clave de su éxito: Uno no puede creerse algunas de las barbaridades que salen de su boca.

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En un mundo en el que -por mucho que se empeñen algunos en ocultarlo- la crueldad y la dureza son la norma, el humor es necesario. Quiero decir con esto que el humor negro es el más necesario de todos. Cuando la realidad supera la mayoría de nuestras pesadillas es cuando más necesitamos reírnos. De todo y de todos, porque, en el caso contrario, la misma nos supera. Esa creencia parece ser la base del éxito de Louie, puesto que, de lo contrario, uno no puede entenderlo: Es uno de los cómicos mejor valorados del mundo, gana 100.000$ por bolo, y consiguió un millón de descargas de sus shows a través de su propia web (A 5$ y sin más publicidad que las redes sociales y el boca a boca). Es el nuevo rey del stand up porque su mensaje políticamente incorrecto y sus bromas hirientes ponen una sonrisa a algunos de los problemas que más nos hacen sufrir. Y las penas, con risa, son menos.

Chistes racistas, parafilias sexuales, y la cruda realidad de ser un padre divorciado cercano a los 50, son los caballos de batalla de los shows de este yankee/mexicano pelirrojo. Todos ellos temas sacados de su propia vida y mirados desde el punto de vista más ofensivo que uno pueda imaginar. Y el resultado es, repito, brillante. Pocas veces uno puede llegar a reírse tanto a solas.

Obviamente no todos compartirán esta clase de humor, pero bueno, siempre habrá excepciones. La crítica dice de él que es un genio, y yo me sumo a esa opinión. Y si a eso le añadimos que cada año crea un show nuevo con material completamente original…¿Qué más podemos decir? Un grande.

Que lo disfruten.

El-fin-de-la-eternidad-cronica-cero

Nunca he sido especialmente fanático de la ciencia ficción. Quiero decir que mientras que muchos de mis amigos babeaban y se disfrazaban de Star Wars, o mi primo veía una y otra vez las pelis y las series de Star Trek, a mí me daba un poco igual ese mundillo. Ese rollo futurista, donde las reglas tal y como las conocemos son cambiadas día a día, y el vestuario es, casi siempre, de goma ajustada y todo como muy de diseño, siempre me ha dado una singular pereza. Lo cual no es inconveniente para reconocer que, como escritor, es un género que ofrece infinitas posibilidades  de narración y al que se le puede sacar mucho jugo.

Sin embargo, tras darle muchas vueltas, pensé que uno  ha de leer de todo (al menos un poco), así que decidí echar un ojo a algún libro del género pues , más allá del cine y la TV, la literatura de ciencia ficción ha sido, y es, terriblemente popular. Un buen amigo -ducho en este tipo de libros- fue quien me recomendó “El fin de la eternidad”, obra de uno de los grandes de la ciencia ficción: Isaac Asimov. Y he de decir que el libro me ha sorprendido muy gratamente.

Su historia nos traslada al futuro, en el que el viaje en el tiempo es prácticamente el pan nuestro de cada día, de la mano de la institución conocida como la Eternidad, cuya tarea es, ni más ni menos, que la de moverse a través del tiempo alternando la realidad de manera que los grandes desastres de la civilización humana no lleguen a ocurrir. Mediante conocimientos y estimaciones matemáticas, los expertos calculan las repercusiones futuras de los actos, de manera que las guerras se frenan antes de que ocurran, al igual que los accidentes o cualquier otra situación desagradable que podamos imaginar. Un avión que se pierde, una prenda que no se encuentra o un segundo de retraso cambian el curso de la historia, controlada y reescrita de manera continua más allá de la comprensión de los ciudadanos corrientes.

Los encargados de  estos cambios no son otros que los conocidos como ejecutores, y es uno de ellos, Andrew Harlan, quien se encarga de protagonizar la historia. Harlan es la imagen perfecta de su profesión: Frío, fiable, estricto, escrupuloso y certero. No comete errores ni incumple las reglas. Y por si fuera poco atesora unos enormes conocimientos de los siglos primitivos (los nuestros), es decir, aquéllos situados antes de la invención del el viaje temporal. Trabajando para su jefe, Laban Twisell, Harlan se ve envuelto en una trama cuyo papel no entiende demasiado, pero que realiza a la perfección. Todo cambia al conocer a Noys Lambent. El extraordinario deseo de Andrew por ella hará que se replantee toda su conducta y su sistema de creencias, lo que afectará profundamente a la Eternidad , y por lo tanto, a la raza humana.

Parece sencillo, pero no lo es. De hecho es una de las novelas que más obliga al lector a estar atento a cada palabra y descripción (al menos de las que yo he leído). Pero no obstante, Asimov cuidó tanto el desarrollo que al poco tiempo, uno comprende realmente bien el funcionamiento de la Eternidad y sus desplazamientos entre los siglos 27 y 100.000 de la historia de la humanidad. Un trabajo originalísimo de creación y construcción con una trama que, francamente, deja al lector alucinado en sus instantes finales.

¿Fallos? Los hay. El primero es que durante buena parte del libro echamos en falta algo más de acción. La tensión es muy baja durante la primera mitad e la novela y no es hasta sus últimas páginas que la cosa empieza a animarse. Y eso, a su vez, es otro problema: El final es demasiado brusco. Después de cientos de páginas, la epopeya de Andrew Harlan se resuelve en menos de dos docenas de páginas que, pese a su maestría, nos dejan con la sensación de que otras 50 le hubieran venido verdaderamente bien.

Sin embargo, estos fallos no son en absoluto un motivo para descartar una novela que ofrece un guión sumamente inteligente y bien hilvanado, así como una muestra perfecta muestra de las posibilidades de narrativas de ciencia ficción en general, y de Asimov en particular. Todo un descubrimiento que, ahora sí, sé que no será la última del género sobre la que posaré los ojos. Muy recomendable.

Recapitulemos: Hará unos meses, un diputado del partido griego Amanecer Dorado apuñaló a un conocido cantante de rap de extrema izquierda en Grecia. Ante semejante barbaridad toda la izquierda europea clamó contra Amanecer Dorado, y de paso, contra los partidos de extrema derecha del continente, pidiendo, no sólo que se juzgue con todo el peso de la ley al animal que cometió el asesinato, sino además, la prohibición de propio Amanecer Dorado (algo que se llevó a cabo poco después) junto a todos los partidos de extrema derecha del Europa.

Por mi parte diré que no me parece mal. No soy partidario de que haya animales así en política y viviendo de nuestros impuestos. Y mucho menos de que estén en el parlamento hombres que no reconocen ni creen en la democracia y cuyo deseo es abolir la misma nada más lleguen al poder. Que quede claro.

Lo que me parece desconcertante es que lo que ha ocurrido después y que apenas ha sido comentado en los medios y redes sociales: Dos partidarios de la extrema izquierda griega, subidos a una moto, acribillaron a tiros a dos miembros de Amanecer Dorado en plena calle. Y nadie se ha inmutado. Parece normal. Legítimo. Justo ¿A dónde vamos a llegar?

Del mismo modo que el uso de la violencia es una causa legítima para expulsa a un partido de extrema derecha de un parlamento, un acto como el indicado tampoco debería quedar impune para la izquierda. No pueden ser diferentes los actos de uno y otro bando. Si desaparecen partidos como Amanecer Dorado, también deberán hacerlo partidos comunistas, anarquistas, o de extrema izquierda, pues sus postulados son tan totalitarios y antidemocráticos como los primeros, y su historia, aún más sangrienta.

Alguien dirá que el acto es una respuesta, y por lo tanto, legítimo. Bueno, no estoy de acuerdo. Un crimen como venganza, aunque pueda estar atenuado, no deja de ser un crimen que ha de pagarse. No podemos saltarnos las leyes sin castigo. No puede permitirse que vuelvan los tiempos de la Guerra Civil española (por poner un ejemplo), con los milicianos de uno y otro signo matándose por las calles en una especie de guerra de bandas. Por otro lado, nadie ha sido más agresivo e intolerante que la izquierda (baste con notar el porcentaje de grupos terroristas ideológicamente de izquierdas, los movimientos revolucionarios que causan disturbios y agresiones de manera continua, o los ataques, verbales o no, hacia aquellos que se atreven a criticar sus postulados).

Un crimen es un crimen, y el mismo acto, por ambas partes, no pude ser juzgado de modos diferente.  Menos aún olvidado de manera consciente. No puede haber asesinos buenos y asesinos malos. Al menos, no en un estado de derecho en el que todos los ciudadanos tengan el deber de supeditarse a la ley. Lo contrario es una bomba de relojería en toda regla.

A VUELTAS CON LAS BECAS

Publicado: 26 junio, 2013 en Artículos
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La mentalidad española de la que hacemos gala es de juzgado de guardia. Medio país subiéndose a las barbas del ministro de cultura, José Ignacio Wert, por el tema de la concesión de becas. El primer político, en décadas, que dice lo que nadie quiere oír pero que muchos llevamos pensando desde hace mucho tiempo: No se puede tener un sistema educativo que premia al que es un desastre y castiga al que es brillante. No se puede. Es algo completamente injusto que va contra toda la lógica y que ni siquiera debería tener que explicarse. Y mucho menos criticarse.

Veamos: Miles de personas en todo el país se levantan porque las becas no se darán a estudiantes con menos de un 6,5 de media (Nota que, por mi parte, me sigue pareciendo ridícula). Las becas, es decir, las ayudas, deben darse a estudiantes brillantes. El baremo para medir el acceso a una beca no puede ser la pobreza, o al menos no el baremo principal. Las ayudas deben darse a aquellos que las necesiten, sí, pero principalmente a aquellos que las merezcan y puedan aprovecharlas. Una beca es una inversión por parte del estado y eso es lo que hay que tener en mente a la hora de concederlas. Deben otorgarse a estudiantes que puedan sacar lo mejor de ellas. Son esas personas, por sus méritos, los que deben ser premiados. Precisamente porque son ellos los que con mayores probabilidades de darnos, a todos los españoles, riqueza, empleo y alegrías en el futuro creando proyectos de éxito.

Pensemos fríamente todo esto, porque el sistema educativo español y su idea de que se ha de ayudar al débil por el hecho de serlo es un error que vamos a pagar muy caro.

Cuando yo empecé a estudiar, si tenías dos asignaturas suspensas, repetías curso. Después, esto se cambió a 3 asignaturas. Después te permitían pasar de curso con varias, y ahora ya ni sé que condiciones hay. Paralelamente, se fue rebajando la carga de todas las asignaturas, todo en aras de conseguir que hubiera el mayor número de jóvenes con acceso a la universidad. Todas ellas medidas que lo que hacen es bajar el nivel de los mismos universitarios, devaluando sus títulos. No tiene ningún sentido. Todo ello para que luego las universidades españolas escupan cada año miles de licenciados que van directamente al paro, porque no hay ningún sistema profesional que pueda ofrecer esa oferta laboral. Y menos en España.

Antes, con lógica, estudiaban una carrera universitaria unos pocos. Los mejores. Los que eran capaces y se habían convertido en buenos estudiantes con esfuerzo y disciplina. Los que no, podían aprender un oficio, o alguna titulación intermedia menos exigente. Pero la educación partía de la base de que debías llegar a un mínimo grado de excelencia para poder tener un título universitario.

Actualmente todo se hace al revés, bajando la calidad de la educación en pos de que todo el mundo pueda tener un diploma. Es una estupidez y no hace ningún bien a la sociedad. Se ha llegado, incluso, a reclamar medidas como la propuesta por un gobernante del PSOE en Extremadura, que defendía que se pagara a los estudiantes por ir al colegio ante la subida del absentismo escolar. Pagar al alumno para que no se vaya de pellas. ¿Soy acaso el único que cree que esto es una estupidez sin ningún sentido? ¿A dónde vamos a llegar? Ir a clase y esforzarse en los estudios no es algo que deba ser recompensado. O al menos no por los aparatos gubernamentales (si los padres quieren motivar y premiar a su hijo por ello, es cosa suya). Ir a clase, estudiar y aprobar es el trabajo diario de cada estudiante. Punto.

Estás medidas, esta mentalidad, son totalmente injustas. Justicia significa que cada uno tenga lo que se merece. El que es honrado, trabajador, brillante, etc. merece ser apoyado y cuidado. El que no, debe ser responsable de su vida y apechugar con su decisión de ignorar la oportunidad que se le ha brindado.

Evidentemente este no es el caso de todos. Muchos jóvenes vienen de estratos sociales más desfavorecidos y la beca es su esperanza, cierto. Pero eso no significa que deban ser mantenidos sin ningún esfuerzo por su parte. La demostración de que esas personas merecen esa ayuda y de que la valoran, es ni más ni menos que el hecho de que se tomen en serio la oportunidad que se les brinda a través de los impuestos de todos los demás ciudadanos. Y no hay más demostración de eso que siendo un buen estudiante con la mejor nota media posible.

Ayer nos sorprendía una noticia de que según los datos de la Comunidad Andaluza, 340.000 universitarios no hubieran llegado al 6,5.

Bien, es la viva demostración del sistema.

No quiere decir que la medida sea injusta, quiere decir que las continuas bajadas de nivel lo que están creando es una generación universitaria deficiente, que no dispone de las condiciones ni del carácter de excelencia que se ha de encontrar en semejante sector de la sociedad. Quienes apuestan por rebajar la carga de contenidos en las escuelas para conseguir un número mayor de titulados, no le hacen ningún favor a la sociedad y desconocen profundamente el funcionamiento de la misma. No es cualquier idiota, por mucho título que tenga, el que hace que se desarrolle el mundo. Los avances científicos, los avances tecnológicos, los avances sanitarios, y en general todo progreso que se ha llevado a cabo en la historia, es gracias al trabajo de por personas que han alcanzado las más altas cotas en sus diferentes campos. Personas capaces de llevar a cabo su tarea de la mejor manera posible dedicándose a la labor que conocen y disfrutan. Bajar la exigencia de las carreras de ingeniería no nos dará mejores ingenieros, nos dará más, pero de peor calidad. Destinar becas a alumnos con notas medias bajas no hará que estos sean mejores, hará que destinemos dinero público a quienes no nos harán recuperar dicha inversión.  Y rebajar las notas de corte y los requisitos de la educación secundaria nos dará miles de licenciados cuyo título no valdrá ni el papel en el que está impreso.

Algo valioso es aquello que cuesta conseguir. Lo regalado, lo alcanzado sin esfuerzo o disciplina, no vale absolutamente nada. Y por si fuera poco se crea una mentalidad completamente errónea: Que no importa ser bueno en algo para merecer lo mejor. Y eso es un suicidio social. Creará generaciones que no conocen las virtudes de dar el máximo. Generaciones que considerarán que no son responsables de nada, que pueden cometer cuantos errores quieran sin pagar las consecuencias y  que todo en la vida debe ser regalado. Una sociedad así es del todo defectuosa, apática e improductiva. Le pese a quien le pese.

 

No hay día que no encuentre en las redes sociales opiniones, imágenes o noticias que no dejen de asombrarme. Unas veces por estar completamente en desacuerdo con ellas, otras por reconocer que no estoy al tanto del tema en cuestión, otras porque considero que detrás hay una falta de conocimientos importante, y las últimas, la mayoría, porque muestran una patente falta de respeto y vergüenza verdaderamente alarmantes. El hashtag #StalinAsesino, que es trending topic en Twitter en estos momentos, es uno de estos casos.

Las opiniones, como los culos, son diferentes en cada persona y tienen la característica, al igual que aquéllos, de que todo el mundo tiene una. Algo que es completamente razonable y adecuado. Otra cosa muy diferente es aquéllo de que “todas las opiniones son iguales” y de que todas merecen el mismo valor. Eso es una estupidez. La opinión de un experto en un materia, apoyada por datos objetivos debe tener, necesariamente, más peso que la de un analfabeto que proclama un eslogan sin base alguna. Y la palabra de una persona honrada y recta, siempre deberá ser acogida con mayor estima que la de un oportunista o mentiroso en situaciones en las que las primeras virtudes (honradez, bondad) sean las deseadas. Es decir: Que no todo vale. Mejor dicho: No todas las opiniones valen lo mismo.

Por todo ello, la defensa en Twitter de la figura del mayor genocida de Europa, el choteo a costa de uno de los períodos más sangrientos de la historia y la patente incultura que éso demuestra -y fomenta-, es algo que me da verdaderas naúseas.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili fue el responsable directo de la muerte de cerca de 20 millones de personas. Intauró uno de los regímenes más despóticos, crueles e inhumanos que el mundo ha conocido, y arrasó las filas de todos aquellos que, o bien no compartían su visión, o bien podían hacerle sombra. Tanto daba que éso incluyera a amigos o enemigos; hombres, mujeres o niños; inocentes o culpables. Si la bondad de un hombre se mide por sus actos y su respeto a los derechos de los demás, Stalin debe figurar, merecidamente, como uno de los seres humanos más horribles del S. XX.

Imaginemos alabanzas en las redes sociales a Hitler. Imaginemos un hashtag tipo: #Francoeralahostia. O un perfil de facebook cuya cabecera fuera “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado” con una foto de Mussolini de perfil. O mejor, para no saltarnos la barrera ideológica (aunque son dos perros con el mismo collar), la misma acción que se está llevando a cabo ahora con la figura de Pol Pot o Mao. Las críticas serían, o deberían ser,  inmediatas desde todos los rincones del mundo. Y estaría bien.

Personalmente considero el Comunismo (y más concretamente el Estalinismo) como el peor sistema que los últimos siglos han visto. No digo que todos los demás sean perfectos o deseables, sino que éste, para mí, es el peor de todos. Un mundo donde el individuo (yo, tú) no es nada más que una cifra. Donde la libertad, en cualquiera de sus aspectos esenciales, es nula. Donde la propiedad de tu trabajo, de tu capacidad, no te pertenece, y en donde todos somos iguales sin tener en cuenta nuestro esfuerzo, nuestra honradez, nuestra bondad, nuestra excelencia. Lo que significa, traducido, que un hijo de puta vale lo mismo que un hombre decente, un vago lo mismo que un trabajador o un hombre productivo, un inculto lo mismo que un culto. No estoy hablando de derechos u oportunidades (éstas sí deben ser, inicialmente, iguales para todos), sino de la justicia diaria que los propios actos conllevan y que éste modelo, y los que comparten sus características, destruye de manera imperturbable, convencida y con la cabeza muy alta. Como sólo el fanatismo ignorante es capaz.

Un mundo así, de esclavos, de seres que no pueden perseguir aquello que quieren, y en el que la vida y los derechos de cada uno no valen nada, es un mundo en el que yo me negaría a vivir. Y este señor es su representación física.

La banalización, tergiversación, simplificación o mero uso cómico de las figuras más salvajes y siniestras de la historia no es ninguna tontería. Todo eso, mal encauzado, lleva al desconocimiento y a la incultura, haciendo posible que dichos comportamientos vuelvan a producirse. La experiencia es la base del conocimiento humano y la eliminación, o cambio, de hechos reales es algo preocupante, y llegado el caso, peligroso. Nos quita certezas, nos quita información, nos quita cultura. Si ésta última es el escudo que cada ser humano porta frente a la vida, tales acciones son la herrumbre, las grietas, que terminan por destruirlo y dejan a la persona indefensa, incapaz de parar las embestidas que se le presenten y sin posibilidad para prever lo que puede esperar del futuro.

Algunas afirmaciones que he leído son tan estúpidas que le llevan a uno desear meterse en una cueva y no salir de allí jamás. Tan simples, tan faltas de rigor y de una mínima visión de conjunto que uno no puede menos que asustarse: “Stalin dió asistencia sanitaria universal”, olvidando que el coste del ineficaz sistema era una sanidad de una calidad tan pobre que la cantidad de muertos y enfermos era impensable en cualquier otro país occidental. “Stalin dió comida al pueblo”, olvidando que su caduco e irreal modelo productivo hizo que dichos alimentos fueran durante décadas insuficientes, condenando a morir de inanición a millones de personas. “Stalin trajo orden”, a costa de asesinar a millones de personas cuyo único delito (o no) era opinar. Imponiendo un sistema de terror del que no había manera de escapar. “Stalin garantizó servicios sociales básicos”. Sí. También lo hizo Hitler, Mussolini o Franco (incluso mejores y de mayor porcentaje efectivo para la población), todos defensores de ese tipo de sistemas públicos controlados férreamente por el estado. ¿Es éso lo que de verdad queremos? ¿Son ésos los ideales a los que debemos aspirar? Si ése es el futuro que nos aguarda avísenme para huir de aquí lo antes posible por favor.

Más de uno, o dos, achacarán todos esos males al egoísmo de los tiranos. Bien, pues no es cierto. La realidad es exactamente la contraria: Todos los genocidas de la historia han sido seguidores del colectivismo y el utilitarismo. Todos ellos han basado la moral de sus actos y los han justificado en base a que “era lo mejor para el conjunto”, para la mayoría. Ese código moral es el que está presente en todos esos sistemas y todos los dictadores lo han seguido fervientemente, a pies juntillas. Convencidos de que era “lo bueno”. El famoso “La historia me absolverá”, ya saben.

Sin embargo, el dedo acusador de la opinión pública (como reflejan la mayoría de los twits que he leído hoy) apuntan hacia otro cabeza de turco: El egoísmo, el individualismo. Y, evidentemente, contra el sistema que hace de ellos su bandera: El Capitalismo. Pero, de nuevo, es un error. Una falacia. Porque el “Capitalismo” que culpan no es Capitalismo.

El Capitalismo es egoísta, pero en el mejor sentido del término: Se trata de no vivir para nadie más (por obligación) que para uno mismo y de no obligar a nadie a vivir para ti. Respeto absoluto a tus derechos individuales y obligación de respetar esos mismos derechos en los demás. Libertad para vivir, para trabajar, para estar de acuerdo o en desacuerdo, sin más herramienta que la negociación entre personas. Y ese sistema, hoy, NO EXISTE. Cuando nos hemos acercado a ese ideal nunca ha fallado (Que me disculpe Charles Dickens, se equivocó. No vió los resultados que nosotros sí tenemos la suerte de conocer). Pero no queremos verlo. No queremos llamar a las cosas por su nombre, ni mirar en detalle, ni aprender. El sufrimiento que tanto esgrimen como consecuencia no tiene cabida en el individualismo, porque implica dependencia y eso destruye el propio fin del sistema: Ser independiente. Libre. Es inexacto según las reglas de la lógica, del mismo modo que matemáticamente 2 más 2 no pueden sumar 5.

Quizá yo soy un paranoico y estoy exagerando, pero cada día me preocupa más hacia dónde vamos. Me preocupa que estemos perdiendo las pocas certezas que tenemos y que olvidemos lo que la historia nos ha enseñado después de cientos de años de golpes. Somos niños jugando con un mechero en un charco de gasolina y me pregunto si, tal vez, ése es el estado natural del ser humano a nivel colectivo: La estupidez.

El tiempo lo dirá.

Hay días en los que te levantas, lees la portada de un periódico y te entran ganas de ponerte a escribir como si no hubiera mañana. Hoy es uno de esos días.

ABC publica en portada una de las propuestas presentadas por la dirigente del partido alemán Die Linke (la izquierda),  Katja Kipping, quien opina que es necesario establecer un salario máximo de 40.000 euros mensuales, pues considera que no es necesario más dinero para vivir una vida más que holgada. Y tiene razón, no es necesario más dinero para vivir bien. Pero se olvida de una cosa, algo que es fundamental, la misma base de la sociedad occidental y el motivo por el que la gente hace lo que hace, se esfuerza lo que se esfuerza y alcanza las metas que alcanza: El derecho a ser dueño del producto de su mente. Es decir, el derecho a la propiedad privada.

Como siempre en la historia, los justos van a acabar pagando por los pecadores. Por culpa de todos aquellos que se han enriquecido sin esfuerzo, quienes sí lo hicieron verán recortadas sus libertades. Por culpa de aquellos para quienes robar y llevar a cabo cualquier tipo de pillaje está justificado, para quienes el fin justifica los medios, los que ha creado su propia riqueza, los que han alcanzado grandes metas, verán una imposición, por ley, que les dice que ellos no son dueños de su trabajo. Que no importa tu capacidad, tu esfuerzo o lo que tú, como individuo, quieres.

De nuevo el pensamiento teleológico de los colectivistas pasará por encima de toda norma. Es triste ver que los principios planteados por un hombre tan notable como John Stuart Mill hayan hecho tanto daño al ciudadano de a pie. La gente como la señora Kipping en nada valora a la persona. Hablan en nombre de “el pueblo”, tratan de defenderlo, de apoyarlo, de cuidar de él. Pero no tienen ni idea, porque no respetan al individuo, y éste, junto con sus derechos, lo son todo. No existe un “pueblo”. Ni un “sistema”. Ni un “pensamiento colectivo”. Todos esos términos no son más que la suma de ideas, opiniones y pensamientos individuales. Y del mismo modo que no es posible digerir una comida con un estómago colectivo, no es posible un pensamiento colectivo.

La gente como Kipping, y en general todos los políticos, no respetan ningún tipo de valor o norma, sino el uso del número. El comunismo y el fascismo usaron la fuerza como herramienta, mientras que los partidos actuales usan el voto. Todo puedes ser cambiado, o erradicado, mientras cuente con una mayoría detrás. Y poco importan las reglas del juego o que eso suponga pisotear a la minoría: Tienen la legitimidad que da el número. Pero se olvidan de que la minoría más básica, la más importante, es el individuo. La persona. Usted. Y yo.

Los políticos no pueden decidir cada aspecto de nuestra vida. Los políticos, que nada producen, no pueden llevar el timón de la vida de aquellos que sí lo hacen. Las funciones de los políticos deben estar limitadas al máximo y ocuparse únicamente de defender los derechos individuales: Atacar a quienes roben o usen la fuerza contra otros. Exclusivamente.

El hombre tiene derecho a decidir sobre el producto de su mente. Desde el acto de coger una taza de café por la mañana a construir un motor de última generación, todo trabajo o acción humana nace de su cerebro. Y puesto que es responsable de sus actos, también es dueño de sus esfuerzos. Quien escribe una novela, compone una canción, construye un rascacielos o desarrolla una vacuna merece vivir del fruto de su trabajo. Merece enriquecerse. Merece ser millonario si su aportación así resulta. Y no es algo que se haga a espaldas de los demás, como si de una traición se tratara. Los empresarios se hacen millonarios porque nosotros, el resto de los ciudadanos, les hacemos ricos con nuestros actos de cada día. No es una cuestión de qué necesita cada uno para vivir, es una cuestión mucho más básica y primaria: justicia para tener cada uno lo que merecemos. Si somos libres, debemos serlo con todas las consecuencias.

Esta medida no funcionará, como nunca ha funcionado en la historia, porque ataca el motor de la vida: cada hombre debe poder perseguir aquello que quiere. Llamémoslo ambición, ganas de cambiar el mundo, éxito o simplemente sensación de enriquecer nuestro propio ego. Las personas se levantan cada día queriendo ser dueñas de su vida. Y mientras ese deseo no implique robar o atacar a otro de manera ilegal es vital que sea respetado. Ningún empresario desarrollará todo su potencial sabiendo que le están imponiendo un límite. Ningún empleado dará lo mejor de sí sabiendo que de nada valdrá su esfuerzo llegado un punto. Ningún creador revolucionará el mundo si se le roba su obra. No se trata de una cuestión monetaria, sino del significado del dinero en nuestra sociedad: la representación física de tu esfuerzo, tu valía y tu aportación. Quien ha ganado su dinero honradamente debe ser tan rico como los beneficiarios de su trabajo decidan. Es decir, lo que ustedes y yo decidamos al escoger una marca de gasolina, un jersey, una compañía eléctrica, una botella de whisky o un aparato de última generación. Que exista gente millonaria que no lo merece no significa que este planteamiento sea erróneo, significa que algo estamos haciendo mal. Y ese mal se llama intervencionismo estatal.

No sé si la señora Kipping ha leído muchos libros de historia, pero la está cagando. Y resulta que ésta es muy cíclica y vamos camino de volver a repetirla. La regulación siempre ha terminado en ruina. Y resolver el problema con más regulación es un parche que volverá a estallar.

En realidad debería darle las gracias. Con los pasos que se están dando puede que tenga la suerte de llegar a viejo y ver como los productores, como ya ocurrió en Francia en el siglo XVIII, se vuelvan a levantar tras décadas de insultos, trabas y robos y repitan aquellas palabras que supusieron los años de mayor desarrollo del ser humano en toda la historia: “Dejadnos en paz”. De una vez por todas.