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No hay día que no encuentre en las redes sociales opiniones, imágenes o noticias que no dejen de asombrarme. Unas veces por estar completamente en desacuerdo con ellas, otras por reconocer que no estoy al tanto del tema en cuestión, otras porque considero que detrás hay una falta de conocimientos importante, y las últimas, la mayoría, porque muestran una patente falta de respeto y vergüenza verdaderamente alarmantes. El hashtag #StalinAsesino, que es trending topic en Twitter en estos momentos, es uno de estos casos.

Las opiniones, como los culos, son diferentes en cada persona y tienen la característica, al igual que aquéllos, de que todo el mundo tiene una. Algo que es completamente razonable y adecuado. Otra cosa muy diferente es aquéllo de que “todas las opiniones son iguales” y de que todas merecen el mismo valor. Eso es una estupidez. La opinión de un experto en un materia, apoyada por datos objetivos debe tener, necesariamente, más peso que la de un analfabeto que proclama un eslogan sin base alguna. Y la palabra de una persona honrada y recta, siempre deberá ser acogida con mayor estima que la de un oportunista o mentiroso en situaciones en las que las primeras virtudes (honradez, bondad) sean las deseadas. Es decir: Que no todo vale. Mejor dicho: No todas las opiniones valen lo mismo.

Por todo ello, la defensa en Twitter de la figura del mayor genocida de Europa, el choteo a costa de uno de los períodos más sangrientos de la historia y la patente incultura que éso demuestra -y fomenta-, es algo que me da verdaderas naúseas.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili fue el responsable directo de la muerte de cerca de 20 millones de personas. Intauró uno de los regímenes más despóticos, crueles e inhumanos que el mundo ha conocido, y arrasó las filas de todos aquellos que, o bien no compartían su visión, o bien podían hacerle sombra. Tanto daba que éso incluyera a amigos o enemigos; hombres, mujeres o niños; inocentes o culpables. Si la bondad de un hombre se mide por sus actos y su respeto a los derechos de los demás, Stalin debe figurar, merecidamente, como uno de los seres humanos más horribles del S. XX.

Imaginemos alabanzas en las redes sociales a Hitler. Imaginemos un hashtag tipo: #Francoeralahostia. O un perfil de facebook cuya cabecera fuera “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado” con una foto de Mussolini de perfil. O mejor, para no saltarnos la barrera ideológica (aunque son dos perros con el mismo collar), la misma acción que se está llevando a cabo ahora con la figura de Pol Pot o Mao. Las críticas serían, o deberían ser,  inmediatas desde todos los rincones del mundo. Y estaría bien.

Personalmente considero el Comunismo (y más concretamente el Estalinismo) como el peor sistema que los últimos siglos han visto. No digo que todos los demás sean perfectos o deseables, sino que éste, para mí, es el peor de todos. Un mundo donde el individuo (yo, tú) no es nada más que una cifra. Donde la libertad, en cualquiera de sus aspectos esenciales, es nula. Donde la propiedad de tu trabajo, de tu capacidad, no te pertenece, y en donde todos somos iguales sin tener en cuenta nuestro esfuerzo, nuestra honradez, nuestra bondad, nuestra excelencia. Lo que significa, traducido, que un hijo de puta vale lo mismo que un hombre decente, un vago lo mismo que un trabajador o un hombre productivo, un inculto lo mismo que un culto. No estoy hablando de derechos u oportunidades (éstas sí deben ser, inicialmente, iguales para todos), sino de la justicia diaria que los propios actos conllevan y que éste modelo, y los que comparten sus características, destruye de manera imperturbable, convencida y con la cabeza muy alta. Como sólo el fanatismo ignorante es capaz.

Un mundo así, de esclavos, de seres que no pueden perseguir aquello que quieren, y en el que la vida y los derechos de cada uno no valen nada, es un mundo en el que yo me negaría a vivir. Y este señor es su representación física.

La banalización, tergiversación, simplificación o mero uso cómico de las figuras más salvajes y siniestras de la historia no es ninguna tontería. Todo eso, mal encauzado, lleva al desconocimiento y a la incultura, haciendo posible que dichos comportamientos vuelvan a producirse. La experiencia es la base del conocimiento humano y la eliminación, o cambio, de hechos reales es algo preocupante, y llegado el caso, peligroso. Nos quita certezas, nos quita información, nos quita cultura. Si ésta última es el escudo que cada ser humano porta frente a la vida, tales acciones son la herrumbre, las grietas, que terminan por destruirlo y dejan a la persona indefensa, incapaz de parar las embestidas que se le presenten y sin posibilidad para prever lo que puede esperar del futuro.

Algunas afirmaciones que he leído son tan estúpidas que le llevan a uno desear meterse en una cueva y no salir de allí jamás. Tan simples, tan faltas de rigor y de una mínima visión de conjunto que uno no puede menos que asustarse: “Stalin dió asistencia sanitaria universal”, olvidando que el coste del ineficaz sistema era una sanidad de una calidad tan pobre que la cantidad de muertos y enfermos era impensable en cualquier otro país occidental. “Stalin dió comida al pueblo”, olvidando que su caduco e irreal modelo productivo hizo que dichos alimentos fueran durante décadas insuficientes, condenando a morir de inanición a millones de personas. “Stalin trajo orden”, a costa de asesinar a millones de personas cuyo único delito (o no) era opinar. Imponiendo un sistema de terror del que no había manera de escapar. “Stalin garantizó servicios sociales básicos”. Sí. También lo hizo Hitler, Mussolini o Franco (incluso mejores y de mayor porcentaje efectivo para la población), todos defensores de ese tipo de sistemas públicos controlados férreamente por el estado. ¿Es éso lo que de verdad queremos? ¿Son ésos los ideales a los que debemos aspirar? Si ése es el futuro que nos aguarda avísenme para huir de aquí lo antes posible por favor.

Más de uno, o dos, achacarán todos esos males al egoísmo de los tiranos. Bien, pues no es cierto. La realidad es exactamente la contraria: Todos los genocidas de la historia han sido seguidores del colectivismo y el utilitarismo. Todos ellos han basado la moral de sus actos y los han justificado en base a que “era lo mejor para el conjunto”, para la mayoría. Ese código moral es el que está presente en todos esos sistemas y todos los dictadores lo han seguido fervientemente, a pies juntillas. Convencidos de que era “lo bueno”. El famoso “La historia me absolverá”, ya saben.

Sin embargo, el dedo acusador de la opinión pública (como reflejan la mayoría de los twits que he leído hoy) apuntan hacia otro cabeza de turco: El egoísmo, el individualismo. Y, evidentemente, contra el sistema que hace de ellos su bandera: El Capitalismo. Pero, de nuevo, es un error. Una falacia. Porque el “Capitalismo” que culpan no es Capitalismo.

El Capitalismo es egoísta, pero en el mejor sentido del término: Se trata de no vivir para nadie más (por obligación) que para uno mismo y de no obligar a nadie a vivir para ti. Respeto absoluto a tus derechos individuales y obligación de respetar esos mismos derechos en los demás. Libertad para vivir, para trabajar, para estar de acuerdo o en desacuerdo, sin más herramienta que la negociación entre personas. Y ese sistema, hoy, NO EXISTE. Cuando nos hemos acercado a ese ideal nunca ha fallado (Que me disculpe Charles Dickens, se equivocó. No vió los resultados que nosotros sí tenemos la suerte de conocer). Pero no queremos verlo. No queremos llamar a las cosas por su nombre, ni mirar en detalle, ni aprender. El sufrimiento que tanto esgrimen como consecuencia no tiene cabida en el individualismo, porque implica dependencia y eso destruye el propio fin del sistema: Ser independiente. Libre. Es inexacto según las reglas de la lógica, del mismo modo que matemáticamente 2 más 2 no pueden sumar 5.

Quizá yo soy un paranoico y estoy exagerando, pero cada día me preocupa más hacia dónde vamos. Me preocupa que estemos perdiendo las pocas certezas que tenemos y que olvidemos lo que la historia nos ha enseñado después de cientos de años de golpes. Somos niños jugando con un mechero en un charco de gasolina y me pregunto si, tal vez, ése es el estado natural del ser humano a nivel colectivo: La estupidez.

El tiempo lo dirá.

Hay días en los que te levantas, lees la portada de un periódico y te entran ganas de ponerte a escribir como si no hubiera mañana. Hoy es uno de esos días.

ABC publica en portada una de las propuestas presentadas por la dirigente del partido alemán Die Linke (la izquierda),  Katja Kipping, quien opina que es necesario establecer un salario máximo de 40.000 euros mensuales, pues considera que no es necesario más dinero para vivir una vida más que holgada. Y tiene razón, no es necesario más dinero para vivir bien. Pero se olvida de una cosa, algo que es fundamental, la misma base de la sociedad occidental y el motivo por el que la gente hace lo que hace, se esfuerza lo que se esfuerza y alcanza las metas que alcanza: El derecho a ser dueño del producto de su mente. Es decir, el derecho a la propiedad privada.

Como siempre en la historia, los justos van a acabar pagando por los pecadores. Por culpa de todos aquellos que se han enriquecido sin esfuerzo, quienes sí lo hicieron verán recortadas sus libertades. Por culpa de aquellos para quienes robar y llevar a cabo cualquier tipo de pillaje está justificado, para quienes el fin justifica los medios, los que ha creado su propia riqueza, los que han alcanzado grandes metas, verán una imposición, por ley, que les dice que ellos no son dueños de su trabajo. Que no importa tu capacidad, tu esfuerzo o lo que tú, como individuo, quieres.

De nuevo el pensamiento teleológico de los colectivistas pasará por encima de toda norma. Es triste ver que los principios planteados por un hombre tan notable como John Stuart Mill hayan hecho tanto daño al ciudadano de a pie. La gente como la señora Kipping en nada valora a la persona. Hablan en nombre de “el pueblo”, tratan de defenderlo, de apoyarlo, de cuidar de él. Pero no tienen ni idea, porque no respetan al individuo, y éste, junto con sus derechos, lo son todo. No existe un “pueblo”. Ni un “sistema”. Ni un “pensamiento colectivo”. Todos esos términos no son más que la suma de ideas, opiniones y pensamientos individuales. Y del mismo modo que no es posible digerir una comida con un estómago colectivo, no es posible un pensamiento colectivo.

La gente como Kipping, y en general todos los políticos, no respetan ningún tipo de valor o norma, sino el uso del número. El comunismo y el fascismo usaron la fuerza como herramienta, mientras que los partidos actuales usan el voto. Todo puedes ser cambiado, o erradicado, mientras cuente con una mayoría detrás. Y poco importan las reglas del juego o que eso suponga pisotear a la minoría: Tienen la legitimidad que da el número. Pero se olvidan de que la minoría más básica, la más importante, es el individuo. La persona. Usted. Y yo.

Los políticos no pueden decidir cada aspecto de nuestra vida. Los políticos, que nada producen, no pueden llevar el timón de la vida de aquellos que sí lo hacen. Las funciones de los políticos deben estar limitadas al máximo y ocuparse únicamente de defender los derechos individuales: Atacar a quienes roben o usen la fuerza contra otros. Exclusivamente.

El hombre tiene derecho a decidir sobre el producto de su mente. Desde el acto de coger una taza de café por la mañana a construir un motor de última generación, todo trabajo o acción humana nace de su cerebro. Y puesto que es responsable de sus actos, también es dueño de sus esfuerzos. Quien escribe una novela, compone una canción, construye un rascacielos o desarrolla una vacuna merece vivir del fruto de su trabajo. Merece enriquecerse. Merece ser millonario si su aportación así resulta. Y no es algo que se haga a espaldas de los demás, como si de una traición se tratara. Los empresarios se hacen millonarios porque nosotros, el resto de los ciudadanos, les hacemos ricos con nuestros actos de cada día. No es una cuestión de qué necesita cada uno para vivir, es una cuestión mucho más básica y primaria: justicia para tener cada uno lo que merecemos. Si somos libres, debemos serlo con todas las consecuencias.

Esta medida no funcionará, como nunca ha funcionado en la historia, porque ataca el motor de la vida: cada hombre debe poder perseguir aquello que quiere. Llamémoslo ambición, ganas de cambiar el mundo, éxito o simplemente sensación de enriquecer nuestro propio ego. Las personas se levantan cada día queriendo ser dueñas de su vida. Y mientras ese deseo no implique robar o atacar a otro de manera ilegal es vital que sea respetado. Ningún empresario desarrollará todo su potencial sabiendo que le están imponiendo un límite. Ningún empleado dará lo mejor de sí sabiendo que de nada valdrá su esfuerzo llegado un punto. Ningún creador revolucionará el mundo si se le roba su obra. No se trata de una cuestión monetaria, sino del significado del dinero en nuestra sociedad: la representación física de tu esfuerzo, tu valía y tu aportación. Quien ha ganado su dinero honradamente debe ser tan rico como los beneficiarios de su trabajo decidan. Es decir, lo que ustedes y yo decidamos al escoger una marca de gasolina, un jersey, una compañía eléctrica, una botella de whisky o un aparato de última generación. Que exista gente millonaria que no lo merece no significa que este planteamiento sea erróneo, significa que algo estamos haciendo mal. Y ese mal se llama intervencionismo estatal.

No sé si la señora Kipping ha leído muchos libros de historia, pero la está cagando. Y resulta que ésta es muy cíclica y vamos camino de volver a repetirla. La regulación siempre ha terminado en ruina. Y resolver el problema con más regulación es un parche que volverá a estallar.

En realidad debería darle las gracias. Con los pasos que se están dando puede que tenga la suerte de llegar a viejo y ver como los productores, como ya ocurrió en Francia en el siglo XVIII, se vuelvan a levantar tras décadas de insultos, trabas y robos y repitan aquellas palabras que supusieron los años de mayor desarrollo del ser humano en toda la historia: “Dejadnos en paz”. De una vez por todas.

Millones de personas en el mundo claman contra el capitalismo, contra sus consecuencias y prácticas, contra la visión de mundo que éste supone. Y sin embargo ¿Es capitalismo aquello que denunciamos?

Si atendemos a su definición, el capitalismo no existe actualmente. El capitalismo puro, laissez faire, es a día de hoy pura entelequia. Siendo como es la base del capitalismo la absoluta libertad económica, la independencia total de la economía frente al poder político, el ya lejano “dejadnos en paz” de los productores contra los gobiernos, podemos decir que hoy no existe un sistema capitalista en ningún rincón del mundo. Hay países con mayor libertad y países con menor libertad, pero no la hay en sentido absuloto y eso, por ser su base, anula el concepto.

¿Cuál es entonces el sistema en el que vivimos?

En los últimos siglos, los sistemas que han optado por una clara intervención de la economía por parte del estado han sido de izquierdas. Algunos, como el comunismo, de una manera total, otros, como el fascismo (que es un movimiento de izquierdas, por mucho que se use el erróneo término de “extrema derecha”), dando una mínima libertad. Pero el sistema actual, el que aplican los países de todo el mundo hoy día y que defiende un mayor o menor equilibrio entre control por parte del estado y libertad es el socialismo. Ésa es su esencia.

Los momentos de la historia en los que mayores errores se han cometido han tenido siempre la mancha del intervencionismo estatal. El lastre de aquellos que nada producen sobre aquellos que sí lo hacen. El dominio del número o la fuerza, frente a la capacidad. La influencia de las regulaciones que impiden el desarrollo de la riqueza y que alteran la libre competencia.

Entonces, si todos los datos empíricos apuntan a que es el intervencionismo de los gobiernos la base de los problemas contra los que clamamos, si la historia demuestra que los períodos en los que el intervencionismo ha sido menor han sido los más prósperos, si somos conscientes de que es en ellos cuando el nivel de las ciencias y la industria ha avanzado más que en toda la historia, si los datos constatan que de la mano de esa libertad han venido siempre la prosperidad y la caída de los niveles de pobreza ¿Por qué criticamos el capitalismo y no el socialismo, que es el sistema que en realidad impera? Repito ¿Por qué?

Lo único que se me ocurre: por ignorancia. Seguimos el grito de la manada, el barrunto del rebaño. Sin creer o confiar en nuestra propia opinión a pesar de las certezas que la experiencia aporta. Estamos hundidos en una falsa moral que tergiversa y obstruye la realidad y tememos aceptar como cierta cualquier opinión que no goce del respaldo de una mayoría o un grupo medianamente numeroso.

No vivimos en un mundo capitalista, sino socialista. El “sistema” que tanto atacamos es, en realidad, el mismo que supuestamente defendemos. Hemos focalizado nuestro odio hacia una cabeza de turco, al igual que se hizo muchas veces atrás en la historia. Y la demagogia y el discurso fácil nos han cegado a la realidad. Nos negamos a comprenderla, a investigarla y a conocerla para formarnos una opinión cierta. Más grave aún, nos negamos a aceptarla y, en lugar de extraer del mundo teorías, tratamos de imponer al mundo las mismas. Modificamos los datos objetivos, alteramos la historia y confundimos los términos de manera que frenamos y añadimos dificultades a nuestro propio avance. Y si bien éste es imparable, pues la base del conocimiento humano es la experiencia y ésta siempre va a más, es lamentable ver cómo nos ponemos trabas a nosotros mismos.

¿Cómo se hace millonaria una empresa? Vendiendo su producto. ¿Quién compra su producto? Nosotros, los consumidores.

En el caso de las grandes empresas que dominan el mundo, ya sean compañías informaticas, de alimentación o petroleras, la principal razón de su enorme capital es que han creado un producto, una oferta o un servicio mejor que el de su competencia. Esa es la razón de que se consuman en todo el mundo y esa es la principal razón de su enorme poder.

Pero seguimos sin verlo. Seguimos condenando a las grandes empresas, porque crean gente pobre, porque explotan a países en vías de desarrollo, porque imponen sus normas. Nos decimos todo eso y lo creemos a pies juntillas, sin plantearnos la responsabilidad que todos tenemos en su éxito, y más aún, si tales aseveraciones son ciertas. Bien, en la mayoría de los casos, no lo son.

Ponemos a parir a Facebook, por usar nuestros datos en su propio beneficio. Pero lo hacemos desde el mismo Facebook. Demonizamos a Google por pagar menos impuestos en nuestros países, pero usamos gmail para organizar cadenas de mensajes críticos, enviar las fotos de la concentración que hemos convocado (y que hemos mirado en Google maps) y buscamos después las noticias en su navegador. Decimos que Nike es una empresa que explota a niños en todo el mundo, pero vestimos todos con sus prendas y nos compramos las camisetas del equipo de fútbol de nuestra ciudad que ellos fabrican. Criticamos a todas estas grandes empresas por gastar grandes sumas de dinero en publicidad, dándoles millones a jugadores de fútbol o baloncesto, sin querer ver que somos nosotros mismos quienes, sentados en el sofá viendo el partido, hacen que ellos puedan pagar esas cantidades con nuestro consumo diario.

Estoy harto de tanta hipocresía. Nadie obliga a nadie a usar un producto. Todos los millones de personas que claman contra las grandes empresas en el mundo podrían poner fin a eso con una sencilla medida: Dejad de comprar o usar sus productos. ¿Facebook es una vergüenza? Cerrad vuestra cuenta. ¿Carrefour se come al pequeño comercio? No volvais a hacer compra allí. ¿Coca-Cola explota el agua de países subdesarrollados? Tomaos el whisky solo y bebed agua del grifo. Si todos los millones de personas que en el mundo critican a las grandes empresas no consumen sus productos éstas se derrumbarán. Porque de eso viven.

Recordad: NADIE OS OBLIGA a comprar sus productos. Nadie os pone una pistola en la nuca para que saquéis la tarjeta de crédito y vayáis a McDonalds o al cine. Y si no sois capaces de vivir en la edad de piedra (yo al menos, no lo soy, por eso no me incluyo), entonces dejad de criticar, insultar, vilipendiar y robar a las compañías que en muchos casos han hecho el mundo lo que es hoy.

La gente tiene derecho a vivir de sus creaciones. Tiene derecho a gestionar sus empresas de la manera que le dé la gana, siempre y cuando no usen la fuerza física o el robo contra otro. Si una gran compañía paga menos impuestos en vuestro país, no “os debe dinero”. Lo hace porque el acuerdo firmado con vuestro gobierno (que habéis elegido democráticamente) así lo estipulaba. Se llama liberalismo y es el único sistema en el que la fuerza física no tiene cabida porque la única herramienta de relación es la negociación. Si una de las partes no acepta las condiciones de la otra, no hay trato y todos tan contentos. De modo que si Google apenas paga impuestos en España, no os quejéis: Fuisteis vosotros los que aceptásteis sus condiciones, a cambio de disfrutar de los servicios de una de las empresas más revolucionarias de las últimas décadas.

Pensad en un mundo sin grandes empresas. Por favor. Pensad como sería vivir, de nuevo, sin Windows, Google, Facebook o Apple. Con coches (si existieran) sin los logros tecnológicos desarrollados por las grandes marcas como Mercedes, Volvo o Audi. Pensad en un mundo en el que la compra no tuviera nunca las ofertas de las grandes superficies y la ropa nunca estuviera al precio y las cantidades que ofrece Zara o H&M. En el que las compañías farmacéuticas no crearan medicinas reolucionarias por no poder dedicar millones a investigación y desarrollo. Y las obras de los grandes intelectuales y escritores no estuvieran presentes en todos los países porque ninguna pequeña editorial pudiera imprimir las cantidades que la sociedad demanda. Y no, no os engañéis, todas las ventajas tecnológicas y comerciales que disfrutamos hoy no estarían. Tuvieron que ser creadas.

¿Podría ser una buena vida? Quizá. ¿Sería igual de cómoda y con las mismas posibilidades que tenemos a día de hoy? Rotundamente no. La riqueza generada por esas empresas es la que hace que puedan ofrecer mejores precios, nuevas creaciones tecnológicas, servicios más adecuados al cliente y llevar sus respectivos mercados a nuevos horizontes y países (que también terminan recibiendo un trozo). La riqueza no está ahí, al alcance de cualquiera. Debe ser creada. Ellos crean algo que la gente quiere y nosotros les hacemos ricos porque queremos lo que ofrecen. Y lo hacemos por iniciativa propia, nadie nos coacciona.

Y otra cosa en la que habrá caído más de uno: ¿Cuántos puestos de trabajo desaparecerían? Es decir, dinero contante y sonante en nuestras cuentas o nuestra hucha (puestos a olvidar, olvidemos a los bancos), que nos permita pagar el alquiler, comprar ropa a nuestros hijos y poner comida en la mesa. Sí, habéis acertado: Millones.

Tenemos las grandes empresas que queremos, los programas de televisión que pedimos y los productos que deseamos, porque nosotros, en nuestra actuación del día a día HACEMOS O DESHACEMOS el mercado. Somos responsables de su éxito o fracaso, y puesto que es así, debemos apechugar con las consecuencias de una vez. Lo demás es pura hipocresía, envidia y ganas de buscar excusas para no aceptar la dureza de esa afirmación.

Vivimos anclados en una moral de débiles. Es a lo que nos ha llevado, por lo visto, siglos y siglos de historia. No somos capaces de luchar con los verdaderamente fuertes y brillantes en sus mismas condiciones así que tratamos de convertirlos en los chivos expiatorios de nuestras propias miserias. “Ellos nos roban”, “ellos nos explotan”, “ellos hacen que el mundo sea un lugar horrible”. Y puesto que no somos capaces, en lugar de usar las herramientas a nuestro alcance (No usar sus productos o tener dos cojones y montar un negocio que pueda competir), pedimos que gobiernos de todo el mundo usen la fuerza contra ellos. Que los encarcelen, que los hagan pagar, que los hundan. Eso sí, que nadie nos quite sus productos, por dios, que yo sólo soy una pobre víctima sin mente ni libre albedrío que ha sido manipulado desde la cuna y obligado a hacer y comprar todo aquello que me ponen delante a buen precio o anuncian los medios.

¿Cómo se come todo esto?

¿ Odiáis el capitalismo con todas vuestras fuerzas? Iros a vivir a Cuba. O a Corea del Norte. O a cualquier país donde exista un sistema socialista que os dé la esclavitud que tanto anheláis. Donde todo se os sea dado sin tener en cuenta vuestra capacidad, vuestra producción, vuestro esfuerzo, vuestra honradez y vuestra mente. Seréis felices y le habréis hecho una peineta al sistema capitalista pagando, únicamente, con vuestra libertad y vuestros derechos individuales. Pero no so quejéis si vuestras compañías públicas no son capaces de producir y gestionar vuestros recursos como lo hacen las privadas y capitalistas. No lloréis si vuestros hospitales están anticuados y sin medicinas, porque no tenéis capacidad como para crearlas vosotros mismos. Ni pataleéis porque no os ofrecen su ayuda gratis aquellos a quienes nunca habéis respetado. No la merecéis.

Y, mientras tanto, recordad que un sistema que te da todo lo que tienes, es libre de quitarte todo lo que posees. (más…)

Se está montando cierto revuelo en mi ciudad respecto a la normativa aprobada por el gobierno de Esperanza Aguirre que permitirá a cada negocio abrir el número de horas que crea conveniente. Esto no ha gustado nada a los pequeños comerciantes, que ven como sus beneficios peligran puesto que no podrán competir con las grandes superficies que tienen más dinero, más empleados y mayores posibilidades de enriquecerse con la nueva situación.

¿Es esto injusto? Como siempre, voy a dar mi opinión a nivel personal que, polémica o no,  creo poder sustentar con datos objetivos.

En un mercado, sea cual sea, la piedra angular es la libre competencia. Toda aquella intervención, ley o regulación que se impone crea un escenario irreal que a lo largo de la historia se ha demostrado como perjudicial. Además de  impedir la libertad de acción, y por lo tanto, la capacidad de movimientos a la hora de tomar determinadas medidas por parte del empresario. Por ello una liberalización como ésta me parece algo bueno, puesto que permite al propietario de un negocio, grande o pequeño, mayor capacidad de acción a la hora de gestionar su empresa.

Los pequeños comerciantes se quejan de que las grandes empresas se comerán todo el pastel. En el caso de que esto ocurra ¿Será injusto? Justicia significa que cada uno tenga aquello que merece y en un mercado económico lo justo es que  aquel que realiza un mejor trabajo y ofrece un mejor producto atraiga a más clientes. No es que las grandes empresas sean unas hijas de puta que copan el mercado, es que son los clientes los que acuden a ellas puesto que ofrecen el mejor servicio. Y el que tiene un mejor servicio, gana. Porque su capacidad es mayor y ofrece mayor calidad. Esa es la razón de que sean millonarias: Son mejores que su competencia. Negarlo es mentir. Y frenar su crecimiento por ser más capaz es injusto.

Ahora bien ¿Será realmente el fin de los pequeños empresarios? Con toda seguridad pasará factura a muchos, cuya calidad y oferta es menor que la de su competencia. Y es lógico y justo que así sea. Pero no tiene porqué significar el fin de todos. El pequeño comercio que ofrece calidad y un valor diferente a las grandes empresas no debería ver afectado su negocio. El cliente que conoce a su comerciante de toda la vida, que respeta su trabajo y conoce su calidad, no dejará de acudir a él. Si mi carnicero se ha ganado mi confianza con su producto y su atención personal a lo largo de los años, difícilmente acudiré a otro. Y si mi librero es especialista en el género literario que me gusta, acudiré a su tienda antes que a cualquier gran superficie en la que nadie sabe de qué hablo. Evidentemente si no encuentro lo que busco en el pequeño comercio acudiré al grande que sí lo tenga. Pero eso no es maldad de las grandes corporaciones, ni maldad por mi parte como cliente. En esa situación el pequeño empresario deberá,  o bien mejorar su empresa, o encontrar un nicho de mercado que no cubran las demás, o bien cerrar. Lo que puede ser triste, pero no injusto.

Muchas grandes empresas crecerán. ¿Eso es malo? Una gran empresa que genera millones en ganancias no sólo gana dinero. Da trabajo (que es lo que se necesita actualmente) a cientos o miles de personas. Miles de personas que con su salario viven y consumen, enriqueciendo a las demás empresas, pequeñas o grandes. Y la empresa que crece crea aún más puestos de trabajo. Y su aumento de ganancias le permite mejorar productos, crear ofertas (precios más bajos para el cliente) y desarrollar su mercado. Y cuanto más crezca mejor servicio podrá dar y más trabajo podrá ofrecer. El pequeño empresario que haya quebrado podría trabajar en esa empresa cuyo mercado conoce por tener experiencia en el mismo y el resto de la sociedad se beneficiaría de poder acudir a un negocio mejor, con precios más ajustados y mayores posibilidades. Todo por apostar por un libre mercado basado en la competencia, donde el mejor gana (arrastrando a la economía) y el peor desaparece.

Tanto desde un punto de vista utilitario (por la cantidad de beneficiados) como desde el individual (se premia al más capaz y más productivo) el resultado es bueno.

Imagino que más de uno estará pensando en el otro gran monstruo nuestros días: El monopolio. Término que siempre aparece en los casos de grandes empresas. Hay algo que han dicho muchos otros en el pasado y que yo suscribo: El monopolio, en el libre mercado (“Laissez faire”. Puro. Sin intervención. No lo que tenemos hoy en día), no existe. Los monopolios los crean las regulaciones e interferencias de la política, que alteran el funcionamiento natural de la competencia.

Sinceramente, creo que hay que superar esa idea de que el rico es malo y culpable de las desgracias del mundo. Y no son ganas de ir contracorriente. Realmente pienso que la historia nos ha dado suficientes datos empíricos para demostrar que esto no es así.

El crecimiento de las empresas supone crecimiento económico para las naciones. A largo plazo permite más trabajo y mejores condiciones de vida para los ciudadanos y sus ramificaciones internacionales crean oportunidades en otros países (en Asia y Latinoamérica hay buenos ejemplos a día de hoy). El capitalismo no es el culpable de la crisis económica y la pobreza en el mundo. A un sistema basado en el libre comercio en nada le beneficia la existencia de pobres. Muy al contrario, cuanto más riqueza haya, más podrá crearse, venderse y consumirse. Y por tanto mayores oportunidades de hacer negocios. Pero primero hay que crear esa riqueza, porque no surge de la nada. El problema es otro: La continua intervención de los gobiernos en la economía y la errónea conciencia de que poner trabas al más capaz ayuda al más débil. Puesto que la realidad es la opuesta: Cuanto más crece y se desarrolla una idea, más oportunidades y riqueza crea, arrastrando a toda la sociedad.

Hay que reformar el sistema, sí, pero no con más intervencionismo. La clave, en mi opinión, es mayor libertad.