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Se está montando cierto revuelo en mi ciudad respecto a la normativa aprobada por el gobierno de Esperanza Aguirre que permitirá a cada negocio abrir el número de horas que crea conveniente. Esto no ha gustado nada a los pequeños comerciantes, que ven como sus beneficios peligran puesto que no podrán competir con las grandes superficies que tienen más dinero, más empleados y mayores posibilidades de enriquecerse con la nueva situación.

¿Es esto injusto? Como siempre, voy a dar mi opinión a nivel personal que, polémica o no,  creo poder sustentar con datos objetivos.

En un mercado, sea cual sea, la piedra angular es la libre competencia. Toda aquella intervención, ley o regulación que se impone crea un escenario irreal que a lo largo de la historia se ha demostrado como perjudicial. Además de  impedir la libertad de acción, y por lo tanto, la capacidad de movimientos a la hora de tomar determinadas medidas por parte del empresario. Por ello una liberalización como ésta me parece algo bueno, puesto que permite al propietario de un negocio, grande o pequeño, mayor capacidad de acción a la hora de gestionar su empresa.

Los pequeños comerciantes se quejan de que las grandes empresas se comerán todo el pastel. En el caso de que esto ocurra ¿Será injusto? Justicia significa que cada uno tenga aquello que merece y en un mercado económico lo justo es que  aquel que realiza un mejor trabajo y ofrece un mejor producto atraiga a más clientes. No es que las grandes empresas sean unas hijas de puta que copan el mercado, es que son los clientes los que acuden a ellas puesto que ofrecen el mejor servicio. Y el que tiene un mejor servicio, gana. Porque su capacidad es mayor y ofrece mayor calidad. Esa es la razón de que sean millonarias: Son mejores que su competencia. Negarlo es mentir. Y frenar su crecimiento por ser más capaz es injusto.

Ahora bien ¿Será realmente el fin de los pequeños empresarios? Con toda seguridad pasará factura a muchos, cuya calidad y oferta es menor que la de su competencia. Y es lógico y justo que así sea. Pero no tiene porqué significar el fin de todos. El pequeño comercio que ofrece calidad y un valor diferente a las grandes empresas no debería ver afectado su negocio. El cliente que conoce a su comerciante de toda la vida, que respeta su trabajo y conoce su calidad, no dejará de acudir a él. Si mi carnicero se ha ganado mi confianza con su producto y su atención personal a lo largo de los años, difícilmente acudiré a otro. Y si mi librero es especialista en el género literario que me gusta, acudiré a su tienda antes que a cualquier gran superficie en la que nadie sabe de qué hablo. Evidentemente si no encuentro lo que busco en el pequeño comercio acudiré al grande que sí lo tenga. Pero eso no es maldad de las grandes corporaciones, ni maldad por mi parte como cliente. En esa situación el pequeño empresario deberá,  o bien mejorar su empresa, o encontrar un nicho de mercado que no cubran las demás, o bien cerrar. Lo que puede ser triste, pero no injusto.

Muchas grandes empresas crecerán. ¿Eso es malo? Una gran empresa que genera millones en ganancias no sólo gana dinero. Da trabajo (que es lo que se necesita actualmente) a cientos o miles de personas. Miles de personas que con su salario viven y consumen, enriqueciendo a las demás empresas, pequeñas o grandes. Y la empresa que crece crea aún más puestos de trabajo. Y su aumento de ganancias le permite mejorar productos, crear ofertas (precios más bajos para el cliente) y desarrollar su mercado. Y cuanto más crezca mejor servicio podrá dar y más trabajo podrá ofrecer. El pequeño empresario que haya quebrado podría trabajar en esa empresa cuyo mercado conoce por tener experiencia en el mismo y el resto de la sociedad se beneficiaría de poder acudir a un negocio mejor, con precios más ajustados y mayores posibilidades. Todo por apostar por un libre mercado basado en la competencia, donde el mejor gana (arrastrando a la economía) y el peor desaparece.

Tanto desde un punto de vista utilitario (por la cantidad de beneficiados) como desde el individual (se premia al más capaz y más productivo) el resultado es bueno.

Imagino que más de uno estará pensando en el otro gran monstruo nuestros días: El monopolio. Término que siempre aparece en los casos de grandes empresas. Hay algo que han dicho muchos otros en el pasado y que yo suscribo: El monopolio, en el libre mercado (“Laissez faire”. Puro. Sin intervención. No lo que tenemos hoy en día), no existe. Los monopolios los crean las regulaciones e interferencias de la política, que alteran el funcionamiento natural de la competencia.

Sinceramente, creo que hay que superar esa idea de que el rico es malo y culpable de las desgracias del mundo. Y no son ganas de ir contracorriente. Realmente pienso que la historia nos ha dado suficientes datos empíricos para demostrar que esto no es así.

El crecimiento de las empresas supone crecimiento económico para las naciones. A largo plazo permite más trabajo y mejores condiciones de vida para los ciudadanos y sus ramificaciones internacionales crean oportunidades en otros países (en Asia y Latinoamérica hay buenos ejemplos a día de hoy). El capitalismo no es el culpable de la crisis económica y la pobreza en el mundo. A un sistema basado en el libre comercio en nada le beneficia la existencia de pobres. Muy al contrario, cuanto más riqueza haya, más podrá crearse, venderse y consumirse. Y por tanto mayores oportunidades de hacer negocios. Pero primero hay que crear esa riqueza, porque no surge de la nada. El problema es otro: La continua intervención de los gobiernos en la economía y la errónea conciencia de que poner trabas al más capaz ayuda al más débil. Puesto que la realidad es la opuesta: Cuanto más crece y se desarrolla una idea, más oportunidades y riqueza crea, arrastrando a toda la sociedad.

Hay que reformar el sistema, sí, pero no con más intervencionismo. La clave, en mi opinión, es mayor libertad.

Desde Alemania con amor.

Publicado: 12 diciembre, 2011 en Post Libres, Viñetas
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Viñeta dedicada a todos los españoles en Alemania que, como yo, estarán estos días perdiendo el culo por volver a la patria a ver a familia, amigos y lo que se tercie.

Frohe Weihnachten!

Querido amigo:

Desde hace unos días vuelvo a leer, una y otra vez en las páginas de todos los diarios, rifirrafes en torno a la necesidad, o no, de que el español sea lengua vehicular en Cataluña. Permíteme que desde mi modesta tribuna te exprese mi opinión sobre esta cuestión y las relacionadas con ella que, buena o mala, es mía y quiero defender.

En primer lugar, te diré que me parece una gilipollez eso que se ha propuesto (creo que desde el PP) de separar a los alumnos por lenguas. Es una tontería desde todo punto de vista y seguro que estamos de acuerdo en ello, así que no gastaré más espacio.

Ahora bien, creo que estás equivocado. Sé que quieres usar tu lengua como pista de despegue para vuestra soñada independencia, pero hasta que éso llegue –no te preocupes, llegará- Cataluña es parte de España. Te guste o no. Y relegar la lengua común del estado a una asignatura no tiene ni pies ni cabeza. Igual en el futuro los de Valencia y el Valle de Arán dicen que quieren estudiar sólo “Llengua catalana” en Catalán y el resto en Aranés y Valenciano. Quizá entonces veas la cuestión desde mi punto de vista.

Lo más triste es que el debate en torno a la lengua nada tiene que ver con la misma. Se trata, simple y llanamente de tratar de ir rascando poco a poco hasta conseguir separar Cataluña de España. De tratar que los que viven allí sientan que nada tienen que ver con el resto de españoles. Admítelo: La lengua te importa un carajo. Cuando toda España se da cuenta de que uno de nuestros mayores problemas ha sido desde hace años la falta de enseñanza en otros idiomas, tú me defiendes la idea contraria. En el año 2011.

Has hecho de tu lengua un arma para defender tu nacionalismo. Y eso es algo muy grave. En primer lugar porque la lengua es una herramienta de comunicación. Sirve para unir, no para dividir. Esa es su utilidad. No tiene ideología, ni está sujeta (por mucho que se haya intentado en la historia) a los vaivenes políticos. La lengua es una herramienta cultural y usarla como tú la usas, lejos de protegerla, la desvirtúa, la envilece y la humilla.

En tu defensa te diré que en el resto de España lo hemos hecho muy mal en cuanto al resto de lenguas de nuestro país. No se ha fomentado el conocimiento del Catalán, el Gallego o el Euskera fuera de sus zonas y eso ha hecho que no se sientan como algo propio de nuestra cultura. Puedo decir con orgullo que para mí no es así.  Veo tu lengua –y las otras- como algo mío. Digno de conocer y usar, con la certeza de que hacerlo sólo me enriquece. Ni más ni menos. Otra cosa es que me parezca bien que en un parlamento o un senado, donde el objetivo es que todo el mundo se entienda, cada uno hable una lengua diferente. Éso es estúpido. Porque es inútil y gasta dinero –que no nos sobra- entre personas que tienen la ventaja de poder relacionarse usando la misma lengua.

Pero ¿sabes qué más? Lo mismo que he dicho al principio del párrafo anterior respecto a tu lengua lo pienso de tu cultura y tu tierra. La tengo cariño. No sólo porque he vivido, sino porque me siento como en casa. Cuando he paseado por Cataluña no me he sentido un extranjero, como sí me ha pasado en otros países. He participado de tus tradiciones y tu folklore orgullosamente, sintiendo en todo momento que todo eso no era sólo tuyo: era mío también. Y cuando me lo he encontrado en el extranjero también lo he apreciado como propio.

He observado y leído tu historia y sus restos, y he visto allí reflejado el pasado de mi tierra. Porque, fíjate, es la misma. Tienes una lengua propia y te tocó el bando perdedor en varias guerras civiles, pero eso es sólo una parte de 2000 años de historia. Puedes seguir pensando en nosotros y vosotros, hablar de reyes catalanes en lugar de aragoneses y buscar excusas para decir que nunca hemos sido la misma cosa. Allá tú. Por mi parte, te recomiendo que leas libros de historia. No porque te considere inculto -me consta que no lo eres-, sino porque creo que no has buscado toda la información.

No leas sólo los libros que dan en el colegio. Ni los de autores que defiendan tus ideas. Lee todo los que caigan en tus manos. Y hazlo mientras visitas ciudades y museos. Tras eso, haz lo mismo con los de fuera y compáralo. Quizá entonces comprendas porque eso de los Països Catalans me recuerda tanto a Hitler y su plan para  formar la “Gran Alemania”. Pero eso es otra historia y merecería muchas cervezas de discusión…

Creo que el problema es que a mí se me ha vendido la idea de que España es un fruto de castellanos y a ti, desde hace muchos años, se te ha vendido que Cataluña es un fruto de catalanes. Y es falso. Tanto lo tuyo como lo mío. Porque la historia no comienza desde la guerra civil, ni desde el impulso del nacionalismo (movimiento puramente romántico), las guerras carlistas o la guerra de sucesión. Viene de mucho más atrás. Y si te preocupas en conocerla, verás que, de todas las tierras que han tenido mestizaje, pocas pueden igualar a la nuestra. Somos la suma de íberos, celtas, griegos, romanos, cartagineses, visigodos, musulmanes y cristianos. Somos la suma de reyes castellanos, leoneses, navarros, aragoneses. Y antes de ellos, de pueblos que simplemente vivían en esas tierras. Vascos, castellanos, catalanes, gallegos, murcianos y andaluces lucharon juntos durante siglos por los mismos reyes y las mismas banderas y enriquecieron con su cultura toda tierra que pisaron.

Pero tú no quieres ver eso. Ni leerlo. Ni oírlo. Quieres cerrarte en el cliché de que tu dinero se va Andalucía, que está llena de vagos. Pero no quieres darte cuenta de que mucho antes de que Cataluña se convirtiera en una región rica e industrial era el sur quién mantenía a toda España. Quieres defender que tienes una cultura distinta y diferente, porque llevas barretina, comes calçots y haces castells, pero no quieres aceptar que esas diferencias culturales las hay por toda España. Un andaluz no es igual a un asturiano, pero es que el fino y la sidra, las sevillanas y las jotas, no hacen una nación, sino su historia. Y la tuya no puede separarse de la del reino de Aragón y por tanto, de la del de Castilla, y por tanto, de la de España. Para colmo, pareces no conocer la base de tu pensamiento.

Sé que quieres ver el nacionalismo como un movimiento cargado de ideales, de libertad y justicia. Voy a intentar bajarte de esa nube, si me permites la osadía: la esencia del  nacionalismo es básicamente economía. Los países fuertes económicamente, desde siempre, no se disgregan fácilmente. Todas sus partes saben de las ventajas de formar parte del mismo estado, de ahí que acepten la centralización, la identidad y la bandera. Pero cuando un estado –o un imperio, o lo que sea- se debilita, empiezan los problemas. Las regiones ricas piensan que las pobres les lastran y empiezan a pensar que les iría mejor en solitario. Las pobres empiezan a creer que las ricas les impiden enriquecerse y que sin ellos podrían aspirar a un futuro mejor. Todos comienzan a clamar acerca de sus diferencias y hacen bandera de su identidad propia. Y finalmente, se independizan ¿Nunca has pensado por qué las particiones de países suelen comenzar después de guerras o épocas de crisis? Aquí lo tienes.

Lo curioso es que la historia es muy cíclica -y los humanos muy estúpidos- y muchos años después pueden dejar de creer en todo eso y tratar de volver a unirse de alguna manera. Mira cómo surgió la idea de la UE y hacía donde va y tendrás un ejemplo envidiable. Y piensa, también, qué ocurrirá con la prosperidad de tu tierra cuando os marchéis. Porque la pérdida de grandes empresas y bancos, la necesidad de creación de tu propia moneda, tus propias fuerzas armadas y una nueva administración –por poner algunos ejemplos- son cosas que afectan a la vida de los ciudadanos de un país. No lo dudes.

Así que olvídate de la demagogia. La identidad cultural, la lengua y el orgullo nacional no son más que excusas para lo de siempre: la puta pela. Dejo a tu elección la decisión final, pero no dejes que te manipulen sin conocer el terreno que en que te mueves. Si crees en algo, más vale que estés seguro de ello.

Suerte.

PD: Un último matiz. Tú, por vivir la época que te ha tocado, tienes la suerte de haber crecido en una sociedad bilingüe que puede serte  fuente de muchas gratificaciones y placeres en el futuro. Pero tu pensamiento negará -o debilitará- a tus hijos una herramienta que comparten 450 millones de personas. Una lengua bellísima, llena de cultura y memoria, que aquí nos empeñamos en llamar castellano, pero que en todo el mundo se conoce como español.

¡¡Vente pa Alemania Pepe!!

Publicado: 16 febrero, 2011 en Artículos, Post Libres
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Ya es oficial. Me largo.

Después de muchos meses de paro, metido en casa e intentando sacar adelante proyectos que al final han acabado en nada, huyo de España. ¿El futuro? Alemania. Berlín, concretamente.

A pesar de lo que pueda parecer -aunque no niego una cierta influencia-, mi idea no se forjó ante el anuncio de la Merkel de posibilidades de trabajo para españoles licenciados. Puesto que no soy ingeniero, ni domino el alemán, poco puedo aprovechar en este momento las ofertas del acuerdo entre nuestro país y Alemania.

Más que nada me hizo pensar que quizá sería una buena manera de darle un nuevo rumbo a mi vida. Si lo pienso bien, a día de hoy nada me ata a España: ni novia, ni empleo, ni cargas económicas…ni expectativas. Realmente lo veo como una oportunidad de volver a empezar, y de paso, aumentar mi experiencia. A la peor habré tenido una vivencia cojonuda en otro país, conociéndo otra cultura, mejorando y aprendiendo otras lenguas y haciendo nuevas amistades.

Evidentemente sé que será duro, pero la verdad es que después de tantos meses encadenado a una mesa de escritorio, mandando currículums a diestro y siniestro sin obtener respuesta y tratando de parir algo publicable para meter la nariz en algún medio, casi me apetece. Cuando tu vida se reduce a una rutina que parece perpetua sin más esperanza que esperar a que pase esta puta crisis, lu único que te seduce es ver un poco de emoción en el horizonte. De hecho, la idea de retrasar el viaje hasta saber un mínimo de alemán la descarté de antemano. Me voy virgen. A la aventura.  Confío que aprenderé mucho más rapido la lengua si la tengo que usar por cojones que apuntándome a dos horas de clase diarias en España.

Veremos como van las cosas. Esperemos que el pryecto de Mon-o-rama Live aus Berlin sea productivo. Lo que es seguro es que podré seguir contandoos anécodotas de mis andanzas en el país germano en los próximos meses.

¡Deseadme suerte!

Chau.

Hace ya un par de días que ando leyendo el libro del expresidente de la comunidad de Madrid, Joaquín Leguina: “El duelo y la revancha”. Uno de los mejores análisis acerca de la implantación de la Ley de la memoria histórica en nuestro país -y de las consecuencias de la misma-, que he tenido el placer de leer en medio alguno.

Destacado miembro del partido socialista hace años, Leguina seduce al lector por la coherencia e ironía con la que es capaz de cerrar las bocas de sus compañeros de partido y miembros de la izquierda española en general, sin por ello abrazar al de enfrente y manteniendo siempre muy claro su pensamiento acerca del asunto. Todo esto unido al hecho de que su texto alberga razonamientos muy ciertos, por lógica, y muy loables, por el fin que persiguen, que no es otro que la superación definitiva del conflicto que significó la Guerra Civil para España y los españoles. Hay que tener cierta  valentía para meterse de lleno en un tema de tanta sensibilidad como aquél, del que más de uno y dos han salido escaldados a lo largo de los años.

Básicamente la obra lo que trata es de desmontar muchos de los mitos de jujana que se han ido desarrollando en los últimos años, y que muchas veces se han encargado de crear, a base de demagogia y muy poca vergüenza, los políticos en activo de nuestro país: las críticas a la Transición por su “debilidad”  con el bando franquista, la supuesta herencia de nuestra democracia con la de la II República, o el acoso sufrido por Baltasar Garzón en su intento de juzgar el franquismo. Temas todos ellos que supusieron un gran revuelo y que despertaron rencores que nunca parecen desaparecer del todo. El autor hace hincapié varias veces en el derecho y la necesidad de los familiares de las víctimas a enterrar a sus muertos –a todos-, como paso previo al acto de pasar página que desde hace tantos años la gran mayoría de los españoles está esperando. Pero quitando de en medio una gran cantidad de disparates que se oyeron durante aquellos días y respondiendo, uno por uno, a todos aquellos que criticaron –e insultaron en algunos casos- a su persona en diversos medios de comunicación y con la “verdad” –la suya- por bandera.

Personalmente todos esos tópicos que se fueron pariendo, y a los que alegremente su fueron sumando políticos, supuestos referentes del mundo de la cultura y muchos otros ciudadanos de distinto pelaje, me ponen de mal humor. Por la sencilla razón de que en multitud de ocasiones son falsos, en muchas otras surgidos de una temible incultura y, casi siempre, fruto de una profunda sed de venganza, puesto que lo que todos estos “antifranquistas sobrevenidos” –como los llama Leguina- buscan, es ganar de cara a la historia la guerra que sus abuelos o padres perdieron, tristemente, en vida. Y lo siento por ellos, pero la historia es la que es y no cambia por mucho que se repita hasta la saciedad la técnica de Goebbels: “Una mentira dicha mil veces acaba convirtiéndose en verdad”.

Es de agradecer que un miembro de la izquierda española sea capaz de mantener los ojos abiertos y ser crítico ante el desmadre que se ha producido. Porque cuando los palos vienen del bando contrario se tarda muy poco en achacarlo a los “fachas”, la “derecha” o cualquiera de los apelativos que se le imponen a cualquiera que no comulgue con las ideas de la progresía de este país. Pero cuando la crítica viene de tu propio bando ya es harina de otro costal. Máxime cuando se hace bien escrita, respaldada por cifras, datos,  opiniones con fundamento y sin caer en los topicazos de la derecha, que –ésa es otra- también los hay.

Leguina muestra en este libro que, gracias a Dios, todavía quedan entre los partidos políticos de España gente de cierta cultura, con capacidad para analizar y aceptar los propios errores y, lo que es aún más importante, con arrestos suficientes para defender la tarea ya hecha y su objetivo final: Perdonar sin olvidar. Único modo de superar las páginas más sucias y negras de la historia de nuestro país. Porque la imposición de una visión única de la historia a golpe de ley, con un bando “bueno” y el otro “malo” en nada ayudará a superar y comprender la Guerra Civil, ni tampoco al desarrollo de nuestra democracia, que tanto costó implantar a la generación de políticos de la década de los 70 y que ha sido, durante años, un ejemplo a ojos de la comunidad internacional.

A diferencia de Joaquín Leguina, yo no soy una persona conocida, ni nadie de los que me lea conoce mi trayectoria y pensamiento, así que lo dejaré claro aquí: No soy un facha. Ni soy de “derechas” aunque les haya votado en el pasado. De hecho, me siento más cercano al pensamiento de la izquierda en la mayoría de sus ideas fundamentales. Pero eso no significa que trague, ni que me guste soportar, las ingentes mentiras y raciones de basura demagógica que PSOE, IU y en general todos los llamados izquierdistas de España, intentan meternos con calzador desde hace varios años. Todo ello mientras se anudan al cuello la bufanda de la tolerancia y la libertad, cuando no hay nada más intolerante que la izquierda española, puesto que sólo ellos tratan de imponer su ley en los tiempos que corren, marginando e insultando a todos aquellos que no bajen la cabeza y acepten la norma –bueno, alguno más hay, pero cuatro descerebrados no me preocupan tanto como el tema que nos ocupa-. Y no hablo de política o instituciones, sino de la misma calle que pisamos. La democracia es el mejor sistema político que existe, sí, pero no es aplicable a todos los ámbitos. Y tratar de que una mayoría crea en una idea equivocada no hace que ésta sea cierta. La verdad es la que es y no está sujeta a votos, elecciones, ni mayorías absolutas de unos y otros.

Recomiendo a todos la lectura del libro, en el que encontrarán muchas más cosas interesantes de las que pueda incluir yo en este post. Y con un poco de suerte a alguno se le encienda la bombilla y en la próxima discusión sobre el tema que haga en el bar de copas con los amigos ponga los puntos sobre las íes en esta o aquella cuestión. A lo mejor así creamos cantera y unos cuantos comprenden que no sólo los que llevan flequillo están en contra de tanta tontería.

Doscientas páginas que saben a bocanada de aire fresco. Palabra.

En España somos bastante dados a ponerle a nuestros productos y locales nombres que dejen las cosas claras al cliente desde el primer momento. Bar “Manolo” (lógico si Manolo es el dueño, en caso contrario, una gilipollez) o “Don Limpio”, son dos ejemplos que me vienen ahora a la cabeza.

El fabricante de esta marca de pilas debía pensar igual que los responsables de los casos anteriores. Fijaos:

 

Bien hecho. Así no hay duda ni competencia que valga.

“Energizer”…pfffff ¡No hay color!

Chau