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VIELEN DANK BERLIN

Publicado: 2 marzo, 2012 en Post Libres
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Son las 10:00 del 1 de Marzo de 2012.

Estoy parado en la puerta de casa cuando el taxi para junto a la acera en el número 50 de Segitzdamm. El taxista, más bien parco en palabras (como suele ocurrir en este país por otra parte), me echa una mano con el macuto y me dedica, sin mucho aprecio, un breve saludo de rigor. Un profesional.

Subo al taxi,  me acomodo en el asiento trasero y le indico mi destino: “Flughafen Tegel”. El tipo asiente con  una frase que no entiendo y arranca. Para él es sólo una carrera más, una de las decenas que lleva a lo largo del día. Para mí es diferente. Es el punto final a una proyecto que comencé hace un año sin saber muy bien qué podía esperar.

Un minuto después mi mirada está clavada en la ventanilla. Trato de recoger hasta el último detalle de esta ciudad durante mis últimos minutos en ella. Su paisaje, su gente, sus tiendas, su olor…Ante mis ojos desfilan sus aceras desvencijadas y sus parques descuidados, junto a heterogéneos edificios que van desde lo más feo y simple a lo más moderno y lujoso. Miro, mientras avanzamos, sus barrios siempre cambiantes, sus canales y avenidas, obligándome a guardar en mi cabeza los detalles de los monumentos que relatan su abrupta historia y que para mí quiero retener. Y mientras observo todo esto, mi cabeza se llena de recuerdos, de escenas e historias de todos los días que he pasado aquí. Y me doy cuenta de que, por primera vez, siento que estoy en casa. Tiene cojones.

Ha sido una buena expriencia, me digo. El cambio de aires que necesitaba cuando me planteé por primera vez la idea que acabaría por poner mis pies aquí. Una manera de ponerme a prueba, de conocer mis propios límites, de ver hasta qué punto podía llegar partiendo completamente de cero. Con épocas mejores y peores pero aprendiendo siempre -incluso cuando no me interesaba- cosas a las que jamás hubiera llegado de otro modo. Es lo bueno de la experiencia, que siempre aporta algo. Incluso cuando creemos que la hemos cagado en nuestra elección.

Al contrario de lo que dicen, no vine aquí “con la maleta cargada de sueños en busca de un futuro mejor”, ni dejando atrás “esperanzas rotas de frustradas expectativas”. Llegué, como la mayoría, por probar. Quería conocer qué se sienta al vivir en el extranjero. Aprender algo de un nuevo idioma y ver, de cerca, otra cultura, otra gente, otra forma de vivir. No tenía mucho más en mente. “Nada hay imprevisto para quien nada ha previsto” decía Paul Valéry, y de la mano de esa idea traté de mantener mis expectativas. Después de 336 días…creo que he cumplido. Probablemente podría haber aprovechado más mi tiempo -sin duda-, del mismo modo que podría haberlo desperdiciado. Tanto da. Me llevo la maleta llena  lo que quería: Un puñado de buenos recuerdos y un sin fin de notas a pie de página que me serán de apoyo y guía durante el resto de mis días. Pero sobretodo, un gran número de buenos amigos que espero sean para toda la vida si dios, el destino, el azar, o lo que coño sea que hay ahí afuera no se encargan de remediarlo.

Y eso es lo que importa, concluyo. Más allá de esperanzas, trabajos, museos, discotecas o  grandes monumentos, lo que verdaderamente echaré de menos serán las personas que aquí he tenido la suerte de conocer. Las charlas con vosotros en el Café Kotti y en Luzia; las copas en el BARato y el KPTN Müller; los paseos por Warschauerstrasse, Kottbusserdamm y Alexanderplatz; las cervezas en Gorlitzer y Mauerpark; las cenas en el Burgermeister; las risas, los abrazos y los bailes en Müggelstr. y Segitzdamm. Vuestras caras cuando os contaba mis estúpidas ideas y las miradas cómplices al sabernos extranjeros en territorio (medianamente) hostil. Por suerte las que ya tuvimos nadie me las puede quitar, así que eso que llevo ganado.

Ha sido un placer conoceros a todos, disfrutar de vuestra compañía y compartido vuestro tiempo. Sé que mi sitio no está aquí -al menos por ahora- y que en muchos casos tardaremos en volver a vernos, pero eso no cambia nada: Os echaré de menos. Más de lo que estoy dispuesto a reconocer. Recordad que tenéis un amigo en la capital de esta curtida, ingrata, inculta y maravillosa tierra que es España. No lo olvidéis.

El taxi se detiene. Pago la carrera, cojo mi macuto y enciendo un cigarrillo mientras observo por última vez la ciudad de Berlín.

Y sonrío.

Quizá esto no es un punto y final. Quizá sólo es un punto y seguido.

Bis bald.

PD: Este post va dedicado a todas aquellas personas que he conocido durante este último año, pero concretamente, a tres: A las señoritas Yolanda Olivera e Iria Traba, que desde el primer día me echaron todas las manos que tenían para que mi día a día fuera lo más cómodo y menos traumático posible, sin protestar ni una sola vez por las molestias que para ellas supusieran mis andanzas por la capital germana. Y como no, a Borja: Compañero, amigo, mentor y confidente con el que he compartido prácticamente todas y cada una de la aventuras que esta experiencia me ha reportado. Ahora y más que nunca, mi hermano.

Un abrazo fuerte. Cuidaros mucho.

Tú a tu ritmo…

Publicado: 24 marzo, 2011 en Post Libres, Viñetas
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Viñeta motivadora para mi buena amiga Beatriz E. a la que le cuesta especialmente comenzar la semana.

Chau.

Nos quejamos de vicio…

Publicado: 28 enero, 2011 en Post Libres, Viñetas
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Pues eso. A gozarla, que bastante suerte tenemos ya.

Chau.

 

PD: El escáner está un poco jodido.

Hace unas semanas una antigua compañera de universidad me ofreció la oportunidad de trabajar en su agencia de publicidad a lo largo de una campaña de un mes. La idea era coordinar la web de la acción y, en suma, controlar un poco la cuestión para que todo funcionara correctamente. Un trabajo sencillo y bien pagado ¿La pega? Debía currar todo el mes seguido. Una semana para aprender a manejar programas, conocer a la gente y aprender a desenvolverme y luego 22 días de campaña (CazaJuke, espero que os suene).

Hoy se cumplen dos semanas, con sus correspondientes fines de semana, desde que comencé aquí. Y lo cierto es que la experiencia está siendo muy buena. El ambiente es genial: una agencia de una vientena de empleados donde, además de la profesionalidad, prima el buen rollo, la risa y las ganas de hacer cosas originales. Sin olvidar un trabajo sencillo, suficientemente atareado para no estar pintando la mona en la oficina, pero la suficientemente relajado como para no llegar a casa todos los días con un puto ataque de nervios.

Evidentemente, como todo, tiene sus contras. A día de hoy, estoy un poco hecho polvo. Siempre he sido un vago de cojones y la experiencia de venir a trabajar todos los días, con sus sábados y sus domingos, me está costando un poco. Bueno, más que venir, lo que me está costando es tener que renunciar a planes “para mí”: unas copas con los amigos, salir a conocer gente, ir al cine o quedarme despierto hasta tarde leyendo, viendo una peli o escribiendo. Y ahí está el quid de la cuestión.

Durante toda mi vida he pensado que se trabaja para vivir. Nunca al revés. Las personas que he conocido a lo largo de mi vida que le echaban horas y horas a su trabajo -consiguiendo en muchos casos el éxito profesional por ello- siempre se han merecido mi respeto, pero nunca he podido compartir su manera de pensar y actuar. Para mí, mi vida siempre estará fuera de una oficina. Estará con mi familia, mis amigos, mis libros y mis hobbies.

Lamentablemente eso tiene un precio, y es que quizá nunca destaque en un trabajo.

Otra opción es que tu empleo coincida con aquello que te gusta hacer. Eso, tal como dijo Voltaire -y muchos otros-, es una bendición. Levantarte cada mañana para hacer lo que te gusta y poder vivir de ello creo que es una de las bases para ser feliz en la vida. Quizá por encima de otras muchas a las que nos tienen acostumbrados el cine o la literatura. En un mundo como el actual, dónde las jornadas laborales cada vez son más difusas, en el que los móviles 3G, la blackberry o el iPhone te mantienen encadenado al trabajo -La prueba de ello es que el puñetero móvil te lo dan ellos- durante todo el día , la necesidad de tener tiempo para ti se puede convertir en una obsesión, pero si la relación entre tu vida personal y laboral es placentera, esa sensación desaparece.

A mí me gusta escribir. Y dibujar. Quizá no de cualquier tema, algo que he hecho cientos de veces en periodismo, pero es algo que no me hacer sentir que “trabajo”. Y a día de hoy todavía sueño con ser escritor o dibujante y poder vivir de unas aficiones en las que sé que podría desarrollar todo mi potencial, si es que lo tengo.

Pero mientras llega ese momento, queda un tercera vía, que es la que estoy experimentando estos días: la de venir al trabajo sin morirme del asco. La gente, el ambiente y, por supuesto, el trabajo, son agradables y así todo parece más fácil . Y la vida, mejor. Me alegro de haber mandado a la mierda mi último, e insoportable, trabajo para volver a empezar. Al menos he recuperado la esperanza.

No soy nadie para dar consejos, pero quizá a alguien le valga éste: Procurad no desviaros de lo que queréis, porque nada retrasa más que tener que rehacer el camino. Ahora bien, si tenéis que hacerlo -porque la vida es así de puta-, confiad en vuestro instinto: cuando algo no funciona lo mejor es cortar con todo y hacer otra cosa. A mí me funcionó.

Suerte.

Chau.