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75 años del comienzo de la Guerra Civil española. Se dice pronto. 75 años de la masacre más grave sufrida por este país y la tristeza de ver que casi nada ha cambiado, que el odio y el rencor siguen ahí, junto a la incultura y la falta de objetividad, para recordarnos que en España siguimos yendo a la cola de casi todo. Un breve vistazo a los editoriales de los periódicos así lo atestiguan.

Que triste señores. Que triste es leer textos de importantes académicos (que se supone que son los que saben) diciendo tonterías desde uno y otro bando. Que triste leer a quienes van de objetivos y mojan con la saliva que les gotea del colmillo -por fanatismo y demagogia- el mismo papel en el que escriben “la verdad”, que lamentable espectáculo comprender que no importa cuantos años pasen, cuantas obras se publiquen o cuantos documentales se emitan. No terminamos de salir del pozo. Desde aquel lejano 18 de Julio de 1936 parece que todo español tiene, desde que nace, ese gen que le hace rojo o facha, incapaz de querer entender aquello que ocurrió en esta triste España y superarlo de una vez por todas.

Opinadores de derechas tratando de justificar lo injustificable. Tratando de buscar excusas a un lado y a otro para no reconocer la verdad: que el levantamiento de aquel día fue algo completamente ilegal. Fruto del miedo y del rencor llevado al extremo y que su consecuencia fue, ni más ni menos, que una dictadura y por tanto algo que condenar y de lo que arrepentirse, porque ninguna ideología, por maravillosa que nos la vendan, debería obligar a dos amigos, o dos hermanos, a matarse uno a otro (Ernesto Che Gevara se equivocaba). Nada debería ser capaz de conseguir algo así. Y no obstante ocurrió, ocurre y ocurrirá.

Opinadores de izquierdas empeñados en manipular la historia sin ninguna vergüenza ni pudor. Colgándose la medalla de la democracia, la verdad y la tolerancia. Olvidando que su bando también se empapó las manos de sangre -con bastante ilusión durante la contienda y bastante más que los otros antes del levantamiento-, que los demócratas no eran precisamente populares en aquel bando y buscando, de cara a la historia, reescribir el conflicto como si de un guión de dibujos animados se tratase, con buenos y malos. Cuando aquí todos comían la misma mierda, pero en cuencos diferentes.

Es realmente patético algunos comentarios que se leen hoy en los medios. Catedráticos de historia o ciencias políticas que critican lo poco objetivos que son los de enfrente sin darse cuenta de como supuran odio cada una de las líneas de sus artículos. Cometiendo los mismo errores que critican. Y llevándonos a preguntarnos: ¿Se supone que esta gente debe enseñarnos al resto?

¿Cómo es posible que historiadores comparen los casos y consecuencias de España, Alemania e Italia sin tener en cuenta quiénes ganaron y perdieron en sus respectivas guerras con lo que ello significa? ¿Cómo es posible que se trate de desviar la responsabilidad del levantamiento obviando que, como seres humanos, somos responsables de nuestras decisiones y actos? ¿Cómo es posible decir que la democracia actual es heredera de la II República y que la carcajada resultante no sea general? ¿Cómo es posible que un biógrafo de la Real Academia de la Historia no diga que Franco fue un dictador?

Aunque en realidad creo que la pregunta es una sola: ¿Cómo es posible que seamos -todos- tan estúpidos?

Pero hay un leve rayo de esperanza. Chiquito, pero esperanza al fin y al cabo: Podemos coger todos esos artículos y leerlos de cabo a rabo. Y, tras eso, podemos leer los cientos de libros que en España hay publicados sobre aquellos años y dar vueltas en nuestra cabeza a sus páginas. Podemos coger todas las piezas de los diferentes discursos y formar, nosotros mismos, un conjunto con ellas. Una idea. Una postura. Podemos negar aquello en lo que no creamos  y podemos defender aquello en lo que sí lo hacemos, siempre y cuando tengamos material para demostrar nuestras opiniones. En defintiva, podemos superar aquellos años, pero a título individual, por nosotros mismos. Sabiendo que aunque la masa zozobre de izquierda a derecha en un mar de demagogia siempre nos quedará un rincón de certeza en nuestra propia memoria. Si somos capaces de intentar no engañarnos a nosotros mismos.

A lo mejor así, dentro de unos años, dejamos de dar vergüenza. Quién sabe.

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Hace ya un par de días que ando leyendo el libro del expresidente de la comunidad de Madrid, Joaquín Leguina: “El duelo y la revancha”. Uno de los mejores análisis acerca de la implantación de la Ley de la memoria histórica en nuestro país -y de las consecuencias de la misma-, que he tenido el placer de leer en medio alguno.

Destacado miembro del partido socialista hace años, Leguina seduce al lector por la coherencia e ironía con la que es capaz de cerrar las bocas de sus compañeros de partido y miembros de la izquierda española en general, sin por ello abrazar al de enfrente y manteniendo siempre muy claro su pensamiento acerca del asunto. Todo esto unido al hecho de que su texto alberga razonamientos muy ciertos, por lógica, y muy loables, por el fin que persiguen, que no es otro que la superación definitiva del conflicto que significó la Guerra Civil para España y los españoles. Hay que tener cierta  valentía para meterse de lleno en un tema de tanta sensibilidad como aquél, del que más de uno y dos han salido escaldados a lo largo de los años.

Básicamente la obra lo que trata es de desmontar muchos de los mitos de jujana que se han ido desarrollando en los últimos años, y que muchas veces se han encargado de crear, a base de demagogia y muy poca vergüenza, los políticos en activo de nuestro país: las críticas a la Transición por su “debilidad”  con el bando franquista, la supuesta herencia de nuestra democracia con la de la II República, o el acoso sufrido por Baltasar Garzón en su intento de juzgar el franquismo. Temas todos ellos que supusieron un gran revuelo y que despertaron rencores que nunca parecen desaparecer del todo. El autor hace hincapié varias veces en el derecho y la necesidad de los familiares de las víctimas a enterrar a sus muertos –a todos-, como paso previo al acto de pasar página que desde hace tantos años la gran mayoría de los españoles está esperando. Pero quitando de en medio una gran cantidad de disparates que se oyeron durante aquellos días y respondiendo, uno por uno, a todos aquellos que criticaron –e insultaron en algunos casos- a su persona en diversos medios de comunicación y con la “verdad” –la suya- por bandera.

Personalmente todos esos tópicos que se fueron pariendo, y a los que alegremente su fueron sumando políticos, supuestos referentes del mundo de la cultura y muchos otros ciudadanos de distinto pelaje, me ponen de mal humor. Por la sencilla razón de que en multitud de ocasiones son falsos, en muchas otras surgidos de una temible incultura y, casi siempre, fruto de una profunda sed de venganza, puesto que lo que todos estos “antifranquistas sobrevenidos” –como los llama Leguina- buscan, es ganar de cara a la historia la guerra que sus abuelos o padres perdieron, tristemente, en vida. Y lo siento por ellos, pero la historia es la que es y no cambia por mucho que se repita hasta la saciedad la técnica de Goebbels: “Una mentira dicha mil veces acaba convirtiéndose en verdad”.

Es de agradecer que un miembro de la izquierda española sea capaz de mantener los ojos abiertos y ser crítico ante el desmadre que se ha producido. Porque cuando los palos vienen del bando contrario se tarda muy poco en achacarlo a los “fachas”, la “derecha” o cualquiera de los apelativos que se le imponen a cualquiera que no comulgue con las ideas de la progresía de este país. Pero cuando la crítica viene de tu propio bando ya es harina de otro costal. Máxime cuando se hace bien escrita, respaldada por cifras, datos,  opiniones con fundamento y sin caer en los topicazos de la derecha, que –ésa es otra- también los hay.

Leguina muestra en este libro que, gracias a Dios, todavía quedan entre los partidos políticos de España gente de cierta cultura, con capacidad para analizar y aceptar los propios errores y, lo que es aún más importante, con arrestos suficientes para defender la tarea ya hecha y su objetivo final: Perdonar sin olvidar. Único modo de superar las páginas más sucias y negras de la historia de nuestro país. Porque la imposición de una visión única de la historia a golpe de ley, con un bando “bueno” y el otro “malo” en nada ayudará a superar y comprender la Guerra Civil, ni tampoco al desarrollo de nuestra democracia, que tanto costó implantar a la generación de políticos de la década de los 70 y que ha sido, durante años, un ejemplo a ojos de la comunidad internacional.

A diferencia de Joaquín Leguina, yo no soy una persona conocida, ni nadie de los que me lea conoce mi trayectoria y pensamiento, así que lo dejaré claro aquí: No soy un facha. Ni soy de “derechas” aunque les haya votado en el pasado. De hecho, me siento más cercano al pensamiento de la izquierda en la mayoría de sus ideas fundamentales. Pero eso no significa que trague, ni que me guste soportar, las ingentes mentiras y raciones de basura demagógica que PSOE, IU y en general todos los llamados izquierdistas de España, intentan meternos con calzador desde hace varios años. Todo ello mientras se anudan al cuello la bufanda de la tolerancia y la libertad, cuando no hay nada más intolerante que la izquierda española, puesto que sólo ellos tratan de imponer su ley en los tiempos que corren, marginando e insultando a todos aquellos que no bajen la cabeza y acepten la norma –bueno, alguno más hay, pero cuatro descerebrados no me preocupan tanto como el tema que nos ocupa-. Y no hablo de política o instituciones, sino de la misma calle que pisamos. La democracia es el mejor sistema político que existe, sí, pero no es aplicable a todos los ámbitos. Y tratar de que una mayoría crea en una idea equivocada no hace que ésta sea cierta. La verdad es la que es y no está sujeta a votos, elecciones, ni mayorías absolutas de unos y otros.

Recomiendo a todos la lectura del libro, en el que encontrarán muchas más cosas interesantes de las que pueda incluir yo en este post. Y con un poco de suerte a alguno se le encienda la bombilla y en la próxima discusión sobre el tema que haga en el bar de copas con los amigos ponga los puntos sobre las íes en esta o aquella cuestión. A lo mejor así creamos cantera y unos cuantos comprenden que no sólo los que llevan flequillo están en contra de tanta tontería.

Doscientas páginas que saben a bocanada de aire fresco. Palabra.