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Ayer terminé de leer “Los que vivimos” la primera de las tres novelas que publicó en su vida la escritora ruso-estadounidense Ayn Rand. Y me quito el sombrero. Si bien esta obra no llega al nivel de “El Manantial” o la “Rebelión del Atlas” (sin ninguna duda su obra maestra y una de las novelas más impactantes que he conocido), es un perfecto ejemplo de los pilares de la filosofía y el estilo de la autora, y forma, junto con las otras dos, un triplete de novelas increíble.

No voy a hablar de la filosofía de Rand. La mayoría de los que hayan leído alguna vez este blog sabrán mi postura hacia ella, así que no creo que sea necesario. Voy a tratar de explicar el qué hace a sus obras algo a tener en cuenta. Porqué merece la pena comprarlas y leerlas.

Al igual que muchos otros escritores, las novelas de Rand están unidas una con otra por un tema central: el individualismo. Más de uno dirá que eso es un fallo, lo cual no comparto. Son legión los escritores que escriben siempre de un mismo tema, un mismo personaje, una misma idea. Como decía Arturo Pérez-Reverte: “En realidad, los escritores escribimos siempre la misma novela”. Y eso no es una falta de talento, es un estilo, y en este caso, una de las razones de la tremenda coherencia que tienen entre sí todas las obras de esta escritora. Salvando lo de acuerdo o no que pueda estar uno con la filosofía que desprenden estas páginas, lo que nadie puede negar es la tremenda capacidad que Rand mostró para impregnar todas sus páginas con su propio pensamiento. No diciéndolo directamente como si en un ensayo se tratara, sino en las conversaciones de sus personajes o en sus descripciones. Casi sin querer, el lector va entendiendo poco a poco lo que la autora quiere transmitir, lo que nos quiere hacer sentir en cada momento, creando un lazo entre mensaje e historia increíblemente difícil de conseguir (y todos aquellos que hayan tratado de escribir alguna vez estarán de acuerdo conmigo).

Quizá el punto en el que más se resiente la comparación, en conjunto, es en la estrucutra de las novelas, bastante similar entre sí. Aunque, si tenemos en cuenta la perfección de esta estructura, la claridad con que el lector accede a los personajes, a la trama y la emoción que le embarga en todos sus finales, cabe preguntarse: ¿Tendría sentido cambiarla? ¿Por qué destruir aquello que funciona? En las obras de Rand no sobra ni una palabra. Ni una página. Porque todos y cada una son piezas que van arrastrando al lector hacia ese pensamiento, esa emoción, que la autora trata de crear en nosotros para que nos enganchemos a lo largo de todo el texto. Verdaderamente la falta de originalidad cumple su cometido de manera perfecta en estas novelas y uno llega a preguntarse si estos libros tendrían la misma pegada y calidad si la narración discurriera de otra manera.

Y, como no, los personajes…simplemente maravillosos. Aquí es donde Rand supera todas las barreras habidas y por haber. Es muy difícil crear unos personajes tan complejos como Kira Argounova, Howard Roark o Dagny Taggart. Es tremendamente complicado crear unas personalidades tan coherentes, detalladas y representativas como éstas. Y si fueran simplemente estas tres, uno podría decir que, bueno, tampoco es un gran esfuerzo. Pero es que son TODOS los personajes que pueblan estas novelas las que comparten esa fuerza y calidad. Leyendo cualquiera de sus páginas uno puede poner esos nombres y esas caras en las personas que han poblado su propia vida y los libros dejan en nuestra mirada una marca, indeleble, que nos lleva a observar nuestro mundo, en el presente y el futuro, basándonos en los parámetros que Ayn Rand establece. Cuántas veces he estado sentado tomando una copa junto a un Pavel Syerov, trabajado con un Peter Keating o escuchado una perorata de un Ellsworth Toohey  a lo largo de mi vida… y cuántas veces he deseado votar a un Midas Mulligan, besar a una Dominique Francon, compartir unas cañas con Ragnar Donneskjöld y Francisco D´Anconia o, directamente, ser como Ellis Wyatt. Verdaderamente los universos que crean Rand son increíblemente atractivos y sus héroes -imagen perfecta de su filosofía-, épicos.

Curiosamente, una fánatica de la razón como Ayn Rand, creó un conjunto de novelas puramente románticas, llevando su visión ideal del ser humano y la exhaltación del Yo a cotas altísimas. Creando, en el lector, emociones muy concretas, razón por la cuál sus seguidores son legión en todo el mundo. Sólo por esto ya merecería la pena leer sus libros. Pero es que, encima, hacen que nos hagamos preguntas. Que dudemos. Que nos replanteemos muchas cosas. Y eso, para bien o para mal, no lo consigue cualquiera.

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Durante años notaba una cosa curiosa cuando hablaba con gente acerca de literatura o leía una entrevista de algún famoso cultureta: Todo el mundo parece tener “su libro”. Ése que les ha marcado una época, que había despertado su gusto por la lectura o, simplemente, aquél que relataba una historia que les fascinaba. Y siempre he sentido un poco de envidia. Yo nunca había tenido un libro en concreto. Más bien, había tenido demasiados en diferentes momentos de mi vida, con lo que ninguno de ellos acababa de destacar. La búsqueda se ha terminado: La rebelión de Atlas es mi libro.

Siempre he acudido a los libros buscando respuestas. Cuando uno no es demasiado listo -como es mi caso- lo que debe hacer es buscar a alguien más listo que él para aprovecharse y aprender. Por eso durante años me esforcé en leer a Aristóteles, Platón, Séneca, Descartes, Hume, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Stuart Mill, Bentham, Franklin,  Russel, Ortega, etc. Además de algún best-seller y unos cuantos clásicos de literatura que llenan la bibliteca de mi padre, buscando allí respuestas a las cuestiones que me llenaban de dudas en el día a día. Todas esas páginas leídas, esos pensamientos paridos por las grandes mentes y mi propio esfuerzo en entenderlos, me ayudaron a superar algunos problemas y me llevaron a otros, lo que me generaba aún más dudas y, por lo tanto, me hacían seguir buscando más y más respuestas en todas aquellas obras de hombres y mujeres que -pensaba- algo podrían ofrecerme. Lo mejor es que encima me divertí con ello.

Por todo esto, hace años que conocía la figura de Ayn Rand. Conocía las bases de su filosofía, el objetivismo, así como su influencia y popularidad. También sabía que había escrito dos novelas tremendamente importantes, pero no fue hasta hace unos meses que su nombre vino a mi memoria y descargué en mi ebook la segunda de ellas, “la rebelión de Atlas”.

He pasado dos meses pegado a este libro. Pegado a un tocho de 1300 páginas que, aunque en ocasiones abruma, no ha dejado de sorprenderme a cada instante, haciéndome pensar y dar vueltas a sus argumentos una y otra vez desde que me levantaba hasta que me acostaba, cambiando mi percepción de la realidad y dando respuesta a preguntas que, en unos casos, no habia sido capaz de responder por mí mismo, y en otros, compartía desde antes de asomarme a su historia. Y nada atrae más de un libro que encontrar similitudes con tus propias ideas a la vez que te enriquece de otras.

Como siempre ocurre, uno no está de acuerdo con todos los postulados de un autor, un personaje o una filosofía. Pero en este caso es realmente asombrosa la coherencia del pensamiento que envuelve toda la obra, igual que la empatía que uno puede llegar a sentir -en mayor o menor medida- con decenas del centenar de personajes que la recorren. Jamás en mi vida habia sentido tal admiración por un protagonista y tampoco había llegado al extremo de replantearme tal cantidad de mis propias ideas por aquello que había encontrado en un libro. Bien, ha ocurrido. Y me cuesta creer que haya necesitado tantos años y tanto recorrido para llegar a conocer una obra que, para mí, verdaderamente, es una de los grandes. El típico tocho que no puede faltar en ninguna casa y que debe ser prestado a los jóvenes que disfrutan de la lectura, siempre que estén preparados para apreciar todo lo que puede ofrecer.

La rebelión de Atlas es un libro revolucionario. Tremendo. Uno de esos libros que te pueden gustar más o menos, parecerte demasiado largo o aburrido, descriptivo hasta lo insospechado y en ocasiones demasiado profundo. Pero lo que es innegable es que cuando el lector se sumerge en su mundo ya no puede salir. Y cuando lo hace, algo es un su cabeza se habrá tambaleado, o directamente, cambiado por completo.

Esta obra es universal. Tiene un abanico de personajes tan perfectamente caracterizados, tan etiquetables y representativos del mundo en que vivimos que resultan escalofriantes. Tiene una historia absolutamente monumental. Ficticia, pero tan ligada a nuestro mundo y su desarrollo que es imposible no compararla con lo que está ocurriendo actualmente en nuestro planeta (y si tenemos en cuenta que fue publicada en 1957 eso es un mérito más). Abarca tantos temas y desde unas perspectivas tan revolucionarias que uno no sabe que parte de sí mismo quedará libre de su influencia. Rand habla de razón, de moral, de economía, de capitalismo, de amor, de traición, de lealtad, de sacrificio, de respeto, de política, de filosofía, de historia, de la vida, de la muerte….del ser humano. El libro lo abarca todo, con todos sus personajes pugnando por ver con cuál de ellos se sentirá más identificado el lector, mientras a su alrededor las luchas, las dificultades, el sufrimiento y la calma nos arrastran página tras página durante meses.

Porque esa es otra. Quién esté acostumbrado a leer un libro en dos semanas o un mes, que se vaya olvidando. Este libro es para leerlo despacio. Saboreando cada palabra como si de un buen vino se tratara. Comparando las ideas que ofrece con las nuestras propias. En definitiva, profundizando en él. Y da igual cual sea el resultado. No importa si tras terminarlo nos hacemos admiradores acérrimos de Rand. No importa si estamos completamente en contra de todo lo que su obra destila. Ni siquiera importa si nos decepciona o nos maravilla (como ha sido mi caso). Es imposible leerlo y no sentir al menos un ligero cambio en nosotros mismos.

Más de uno se habrá dado cuenta de que, en un post dedicado a un libro, no he dicho una sola palabra acerca de su argumento. La razón es simple: No pienso hacerlo. Quiero manipular a todos los que lean este post. Lo reconozco. Quiero que les pique tanto la curiosodad como para acercarse a la biblioteca más cercana y empiecen a leer la novela sin mirar la contraportada siquiera (y mucho menos el prólogo).

Creo que la razón por la que este libro ha pasado a significar para mí lo que significa hoy es por la sencilla razón de que me acerqué a él sin ideas preconcebidas. Sin conocer nada de su historia, ni el nombre de sus personajes, ni un mísero dato acerca de su trama. Sólo de esa manera el lector podrá sentir la satisfacción que representa navegar por sus páginas.

Las mejores 1300 páginas que he leído nunca. Y yo no soy alguien con facilidad para hacer afirmaciones de este tipo (que luego las propias palabras son muy indigestas). Hay que arriesgarse. Sólo así podréis disfrutar de la respuesta a la gran pregunta:

¿Quién es John Galt?

Yo ya lo sé. Ahora os toca.

Tschüss.