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Ayer terminé de leer “Los que vivimos” la primera de las tres novelas que publicó en su vida la escritora ruso-estadounidense Ayn Rand. Y me quito el sombrero. Si bien esta obra no llega al nivel de “El Manantial” o la “Rebelión del Atlas” (sin ninguna duda su obra maestra y una de las novelas más impactantes que he conocido), es un perfecto ejemplo de los pilares de la filosofía y el estilo de la autora, y forma, junto con las otras dos, un triplete de novelas increíble.

No voy a hablar de la filosofía de Rand. La mayoría de los que hayan leído alguna vez este blog sabrán mi postura hacia ella, así que no creo que sea necesario. Voy a tratar de explicar el qué hace a sus obras algo a tener en cuenta. Porqué merece la pena comprarlas y leerlas.

Al igual que muchos otros escritores, las novelas de Rand están unidas una con otra por un tema central: el individualismo. Más de uno dirá que eso es un fallo, lo cual no comparto. Son legión los escritores que escriben siempre de un mismo tema, un mismo personaje, una misma idea. Como decía Arturo Pérez-Reverte: “En realidad, los escritores escribimos siempre la misma novela”. Y eso no es una falta de talento, es un estilo, y en este caso, una de las razones de la tremenda coherencia que tienen entre sí todas las obras de esta escritora. Salvando lo de acuerdo o no que pueda estar uno con la filosofía que desprenden estas páginas, lo que nadie puede negar es la tremenda capacidad que Rand mostró para impregnar todas sus páginas con su propio pensamiento. No diciéndolo directamente como si en un ensayo se tratara, sino en las conversaciones de sus personajes o en sus descripciones. Casi sin querer, el lector va entendiendo poco a poco lo que la autora quiere transmitir, lo que nos quiere hacer sentir en cada momento, creando un lazo entre mensaje e historia increíblemente difícil de conseguir (y todos aquellos que hayan tratado de escribir alguna vez estarán de acuerdo conmigo).

Quizá el punto en el que más se resiente la comparación, en conjunto, es en la estrucutra de las novelas, bastante similar entre sí. Aunque, si tenemos en cuenta la perfección de esta estructura, la claridad con que el lector accede a los personajes, a la trama y la emoción que le embarga en todos sus finales, cabe preguntarse: ¿Tendría sentido cambiarla? ¿Por qué destruir aquello que funciona? En las obras de Rand no sobra ni una palabra. Ni una página. Porque todos y cada una son piezas que van arrastrando al lector hacia ese pensamiento, esa emoción, que la autora trata de crear en nosotros para que nos enganchemos a lo largo de todo el texto. Verdaderamente la falta de originalidad cumple su cometido de manera perfecta en estas novelas y uno llega a preguntarse si estos libros tendrían la misma pegada y calidad si la narración discurriera de otra manera.

Y, como no, los personajes…simplemente maravillosos. Aquí es donde Rand supera todas las barreras habidas y por haber. Es muy difícil crear unos personajes tan complejos como Kira Argounova, Howard Roark o Dagny Taggart. Es tremendamente complicado crear unas personalidades tan coherentes, detalladas y representativas como éstas. Y si fueran simplemente estas tres, uno podría decir que, bueno, tampoco es un gran esfuerzo. Pero es que son TODOS los personajes que pueblan estas novelas las que comparten esa fuerza y calidad. Leyendo cualquiera de sus páginas uno puede poner esos nombres y esas caras en las personas que han poblado su propia vida y los libros dejan en nuestra mirada una marca, indeleble, que nos lleva a observar nuestro mundo, en el presente y el futuro, basándonos en los parámetros que Ayn Rand establece. Cuántas veces he estado sentado tomando una copa junto a un Pavel Syerov, trabajado con un Peter Keating o escuchado una perorata de un Ellsworth Toohey  a lo largo de mi vida… y cuántas veces he deseado votar a un Midas Mulligan, besar a una Dominique Francon, compartir unas cañas con Ragnar Donneskjöld y Francisco D´Anconia o, directamente, ser como Ellis Wyatt. Verdaderamente los universos que crean Rand son increíblemente atractivos y sus héroes -imagen perfecta de su filosofía-, épicos.

Curiosamente, una fánatica de la razón como Ayn Rand, creó un conjunto de novelas puramente románticas, llevando su visión ideal del ser humano y la exhaltación del Yo a cotas altísimas. Creando, en el lector, emociones muy concretas, razón por la cuál sus seguidores son legión en todo el mundo. Sólo por esto ya merecería la pena leer sus libros. Pero es que, encima, hacen que nos hagamos preguntas. Que dudemos. Que nos replanteemos muchas cosas. Y eso, para bien o para mal, no lo consigue cualquiera.

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“Hace miles de años el hombre descubrió la forma de encender el fuego. Probablemente se quemó, al exponerse a enseñar a sus hermanos la manera de hacerlo. Se le consideró una persona perversa que había tenido tratos con el demonio para aterrorizar a la humanidad. Pero, desde entonces, los hombres han encendido el fuego para calentarse, para cocer sus alimentos, para iluminar sus cuevas. Les había dejado un don que ellos no habían concebido y había alejado la oscuridad de la tierra. Siglos más tarde un primer hombre inventó la rueda. Probablemente sería martirizado en el aparato que había enseñado a construir a sus hermanos. Se le consideró un transgresor que se había aventurado en territorio prohibido. Pero desde entonces los hombres pueden viajar recorriendo todos los horizontes. Les dejó un don que ellos no habían concebido y abrió los caminos de la tierra.

Ese hombre, rebelde e iniciador, está en el primer capítulo de cada leyenda que la humanidad ha realizado desde sus principios. Prometeo fue encadenado a una roca y allí devorado por los buitres, porque había robado el fuego a los dioses. Adán fue condenado al sufrimiento porque comió del fruto del árbol de la ciencia. Cualquiera que sea la leyenda, donde quiera que estén las sombras de su memoria, la humanidad ha sabido que su gloria ha comenzado con uno de esos hombres y que éste pagó muy cara su valentía.

A través de los siglos ha habido hombres que han dado pasos en caminos nuevos sin más armas que su propia visión. Sus fines serán diferentes, pero todos ellos tenían esto en común: el paso inicial, el camino nuevo, la visión propia y la respuesta que recibían: odio. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los hombres de ciencia, los inventores han estado solos contra los hombres de su época. Todo pensamiento nuevo ha constituido una oposición. El telar mecánico fue considerado un mal. A la anestesia se la consideró un pecado. Pero los hombres de visión propia continuaron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron su grandeza, pero vencieron.

Ningún creador ha sido impulsado por el deseo de servir a sus hermanos, porque sus hermanos rechazaban el don que les ofrecía y ese don destruía la rutina perezosa de sus vidas. Su verdad fue el único móvil. Su propia verdad y su propio trabajo para realizarlo a su propio modo. Una sinfonía, un libro, Una máquina, una filosofía, un aeroplano o un edificio; eso era para él su meta y su vida. No eran aquellos que escuchaban, leían, trabajaban, creían, volaban o habitaban lo que él creaba. Le interesaba la creación, no sus consumidores. La creación que daba forma a su verdad. Él mantenía su verdad en contra de todo y en contra de todos…

Su visión, su fuerza, su valor, procedían de su propio espíritu. El espíritu del hombre es, sin embargo, su propio ser. Esa entidad que constituye su conciencia. Pensar, sentir, juzgar, obrar son funciones del yo.

Los creadores no eran altruistas. Era el secreto total de su poder, la propia seguridad, el propio motivo, su propio engendro. La causa primera, la fuente de energía, la fuerza vital, el Primer Motor. El creador no sirve a nada ni a nadie. Vive para sí mismo. Y solamente viviendo para sí mismo ha sido capaz de realizar esas cosas que son la gloria del género humano.

 El hombre sólo puede sobrevivir por su mente. Llega desarmado a la tierra. Su cerebro es su única arma. Los animales obtienen el alimento por medio de la fuerza muscular. Él debe plantar su alimento o cazarlo. Para cultivar las plantas necesita un proceso de su pensamiento. Para cazar, necesita armas y el hacer armas constituye un proceso del pensamiento. Desde la necesidad más simple hasta la abstracción religiosa más alta, desde la rueda hasta el rascacielos, todo lo que somos y todo lo que tenemos procede de un solo atributo del hombre: la función de su mente.

 Pero la mente es un atributo del individuo. No existe una cosa tal como un cerebro colectivo. No hay una cosa tal como el pensamiento colectivo. Un acuerdo realizado por un grupo de hombres es sólo un compromiso o un promedio extraído de muchos pensamientos individuales. Es una consecuencia secundaria. El acto primario, el proceso de la razón debe ser ejecutado por cada hombre solo. Podemos dividir una comida entre muchos hombres, pero no podemos digerirla con un estómago colectivo. Ningún hombre puede usar sus pulmones para respirar por otro hombre. Ningún hombre puede usar su cerebro para pensar por otro. Todas las funciones del cuerpo y del espíritu son privativas. No pueden ser compartidas ni transferidas.

 Hemos heredado los productos del pensamiento de otros hombres. Hemos heredado la rueda. Hicimos un carro. El carro se transformó en automóvil. El automóvil ha llegado a ser aeroplano. Pero todo el proceso que recibimos de otros es el producto terminal de sus pensamientos. La fuerza en movimiento es la facultad creadora que toma ese producto como un material, lo usa y permite dar un paso hacía delante. Esta facultad creadora no se puede dar o recibir, participar o conceder en préstamo. Pertenece al hombre solo, al individuo. Lo que él crea es propiedad de su creador. Los hombres aprenden el uno del otro, pero todo estudio es solamente intercambio de material. Ningún hombre puede darle a otro su capacidad de pensar. Sin embargo, esa capacidad es nuestro único medio de sobrevivir.

 Nada le ha sido dado al hombre sobre la tierra. Todo lo que él necesita lo tiene que producir. Y aquí el hombre afronta su alternativa fundamental; puede sobrevivir de una forma u otra; por el trabajo independiente de su propia mente o como un parásito alimentado por la mente de otro. El creador produce, el parásito toma en préstamo.

 El interés del creador es la conquista de la naturaleza. El interés del parásito es la conquista del hombre. Su fin esencial está en sí mismo. El parásito vive de segunda mano. Necesita de los demás. Los demás llegan a ser su móvil esencial.

 La necesidad básica del creador es la independencia. La mente que razona no puede vivir bajo ninguna forma de compulsión. No puede ser reprimida, sacrificada, subordinada a ninguna consideración, cualquiera que sea. Exige una independencia total en su función y en su móvil. Para un creador todas las relaciones con los hombres son secundarias.

 La necesidad básica del que necesita de otro es asegurarse los vínculos con los hombres para poder nutrirse. Coloca ante todo las relaciones. Declara que el hombre existe para servir a los otros. Predica altruismo. El altruismo es la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo.

Ningún hombre puede vivir para los otros. No puede compartir su espíritu como no puede compartir su cuerpo. Pero el que necesita de otro se vale del altruismo como una arma de explotación e invierte la base de los principios morales del género humano. Se les ha enseñado a los hombres los preceptos para destruir al creador y se les ha enseñado la dependencia como virtud.

 El hombre que intenta vivir para los demás es un dependiente. Es un parásito en el móvil y hace parásitos a los demás a quienes sirve. La relación no produce más que corrupción. Es absurda como concepto. Lo que más se aproxima a ello en la realidad —el hombre que vive para servir a los otros— es el esclavo. Si la esclavitud es físicamente repulsiva, ¿cuánto más repulsivo no será el concepto de la servidumbre del espíritu? El esclavo conquistado tiene un vestigio de honor, tiene el mérito de haber resistido y el de considerar que su condición es mala. Pero el hombre que voluntariamente se esclaviza es la más baja de las criaturas. Degrada la dignidad del hombre. Ésta es la esencia del altruismo.

 Los hombres han aprendido que la virtud más alta no es realizar, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. Sin embargo, se nos ha enseñado a admirar al imitador, que otorga dones que él no ha producido. Elogiamos un acto de caridad y nos encogemos ante un acto creador.

 A los hombres se les ha enseñado que su primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno tiene ocasión debe tratar de dar consuelo y asistencia, pero hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar el sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre desea ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. Un creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida. Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu del hombre, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pudo nunca concebir. A los hombres se les ha enseñado que estar de acuerdo con los otros es una virtud. Mas el creador es un hombre que disiente.

 A los hombres se les ha enseñado que nadar con la corriente es una virtud. Pero el creador es el hombre que nada contra la corriente. A los hombres se les ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador es el hombre que está solo.

 A los hombres se les ha enseñado que el ego es el sinónimo del mal y el altruismo es el ideal de la virtud. Pero el creador es un egoísta en sentido absoluto y el hombre altruista es aquel que no piensa, no siente, no juzga, no construye.

 La elección no debe ser el sacrificio de uno mismo o la dominación. La elección es independencia o dependencia. El código del creador o el código del imitador. Éste es el problema básico. El código del creador está construido sobre las necesidades de la mente que razona y que permite al hombre sobrevivir. Todo lo que procede del ego independiente es bueno. Todo lo que procede de la dependencia de unos respecto a los otros es malo.

 Es el egoísta, en sentido absoluto, el hombre que se sacrifica por los demás. Es el hombre que no tiene necesidad de depender de los demás. No obra por medio de ellos. No está interesado por ellos en ninguna cuestión fundamental. Ni en su objeto ni en su móvil ni en su pensamiento ni en su deseo ni en la fuente de su energía. No existe para ningún otro hombre y no le pide a ningún otro hombre que exista para él.

Ésta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos. La independencia es la regla para medir la virtud y el valor humanos. Lo que el hombre es y hace de sí mismo y no lo que haya o no hecho por intermedio de otros. No hay sustitutos para la dignidad personal. No hay ninguna norma de dignidad personal, salvo la independencia.

En todas las relaciones propias no hay sacrificio de nadie para nadie. Un arquitecto necesita clientes, pero no subordina su obra a los deseos de ellos. Lo necesitan, pero no le ordenan una casa por el hecho de darle un trabajo. Los hombres cambian su trabajo por su libertad con mutuo sentimiento y con ventaja mutua cuando sus intereses personales coinciden y ambos desean el intercambio. Si no lo desean, no están obligados a tratar el uno con el otro. Buscan algo más. Es la única forma posible de relación entre iguales. Cualquier otra es una relación de esclavo a amo, de víctima a verdugo.

 Ningún trabajo se hace colectivamente por decisión de una mayoría. Todo trabajo creador se realiza bajo la guía de un solo pensamiento individual. Un arquitecto necesita muchos hombres para levantar un edificio, pero no les pide que le den el voto sobre su proyecto. Trabajan juntos por libre acuerdo y cada uno es libre en su función propia. El arquitecto emplea, acero, vidrio, hormigón que otros han producido, pero, esos materiales siguen siendo acero, vidrio, hormigón hasta que él los emplea. Después, lo que hace con ellos es un producto individual y es su propia individualidad. Ésta es la única forma de cooperación entre los hombres.

 El primer derecho que se tiene en el mundo es el derecho al yo. El primer deber del hombre lo tiene consigo mismo. Su ley moral no consiste en colocar su fin principal en los demás. Un hombre piensa y trabaja solo. Un hombre no puede robar, explotar, gobernar… solo. El robo, la explotación y el gobierno presuponen la existencia de víctimas. Implica dependencia.

 Los que gobiernan a los hombres no son egoístas. No crean nada. Existen, enteramente, por las personas de los demás. Su fin está en sus súbditos, en la actividad de esclavizar. Son dependientes como el mendigo y el bandido. La forma de dependencia carece de importancia.

 Pero a los hombres se les ha enseñado a mirar a los imitadores y a los tiranos, emperadores, dictadores, como exponentes del egoísmo. Mediante este fraude han hecho destruir el yo, el de ellos mismos y el de los demás. El propósito del fraude fue destruir a los creadores. O someterlos, que es sinónimo. Desde el principio de la Historia, los dos antagonistas han estado frente a frente: el creador y el imitador. Cuando el primer creador inventó la rueda, el otro le contestó inventando el altruismo.

 El creador, negado, combatido, perseguido, explotado, continuó, marchó adelante y condujo consigo a toda la humanidad con su energía. El hombre que obra de segunda mano no contribuyó con nada al proceso, si se exceptúan las obstrucciones. La contienda tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo. El «bien común» de lo colectivo, raza, clase, estado, ha sido la pretensión y la justificación de toda tiranía que se haya establecido en la tierra. Los mayores errores de la Historia han sido cometidos en nombre de móviles altruistas. ¿Alguna vez han igualado los actos del egoísmo a todas las carnicerías perpetradas por los discípulos del altruismo? El defecto reside en la hipocresía del hombre o en la naturaleza del principio.

 Los carniceros más temibles han sido los más sinceros. Creían que la sociedad perfecta sería alcanzada por medio de la guillotina y el pelotón de fusilamiento. Nadie discutió el derecho a asesinar desde el momento que asesinaban con un propósito altruista. Se aceptó que el hombre debe sacrificarse por los demás hombres. Cambian los actores, pero el curso de la tragedia se mantiene idéntico. El humanitarista que empieza con declaraciones de amor por el género humano termina con un mar de sangre. Continúa y continuará mientras se crea que una acción es buena si no es egoísta. Esto permite actuar al altruista y obliga a su víctima a soportarlo. Los líderes de los movimientos colectivos no piden para ellos mismos, pero es menester observar los resultados.

 Se trata de un antiguo conflicto. Los hombres se han acercado a la verdad, pero ésta ha sido destruida de vez en cuando y una civilización cae después de la otra. La civilización es el progreso hacia una sociedad de aislamiento. Toda la existencia del salvaje es pública, regida por las leyes de la tribu. La civilización consiste en un proceso que permita que el hombre esté libre de los hombres. Ahora, en nuestra época, el colectivismo, la norma del hombre subordinado y del hombre de segunda clase ha libertado el antiguo monstruo y ataca a diestro y siniestro. Ha conducido al hombre a un nivel de indecencia intelectual nunca igualado sobre la tierra. Ha alcanzado una proporción de horror sin precedentes. Ha envenenado a todos los espíritus. Se ha tragado a la mayor parte de Europa, se está engullendo nuestro país.

 Yo soy arquitecto. Y sé dónde se va a llegar de acuerdo con el principio sobre el cual está edificado. Nos acercamos a un mundo en el cual no podré vivir, ahora saben por qué he destruido Cortland.

 Yo lo diseñé. Se lo di a ustedes. Yo lo destruí. Lo destruí porque preferí que no existiera.”

“El Manantial”, Ayn Rand (1943)

Durante años notaba una cosa curiosa cuando hablaba con gente acerca de literatura o leía una entrevista de algún famoso cultureta: Todo el mundo parece tener “su libro”. Ése que les ha marcado una época, que había despertado su gusto por la lectura o, simplemente, aquél que relataba una historia que les fascinaba. Y siempre he sentido un poco de envidia. Yo nunca había tenido un libro en concreto. Más bien, había tenido demasiados en diferentes momentos de mi vida, con lo que ninguno de ellos acababa de destacar. La búsqueda se ha terminado: La rebelión de Atlas es mi libro.

Siempre he acudido a los libros buscando respuestas. Cuando uno no es demasiado listo -como es mi caso- lo que debe hacer es buscar a alguien más listo que él para aprovecharse y aprender. Por eso durante años me esforcé en leer a Aristóteles, Platón, Séneca, Descartes, Hume, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Stuart Mill, Bentham, Franklin,  Russel, Ortega, etc. Además de algún best-seller y unos cuantos clásicos de literatura que llenan la bibliteca de mi padre, buscando allí respuestas a las cuestiones que me llenaban de dudas en el día a día. Todas esas páginas leídas, esos pensamientos paridos por las grandes mentes y mi propio esfuerzo en entenderlos, me ayudaron a superar algunos problemas y me llevaron a otros, lo que me generaba aún más dudas y, por lo tanto, me hacían seguir buscando más y más respuestas en todas aquellas obras de hombres y mujeres que -pensaba- algo podrían ofrecerme. Lo mejor es que encima me divertí con ello.

Por todo esto, hace años que conocía la figura de Ayn Rand. Conocía las bases de su filosofía, el objetivismo, así como su influencia y popularidad. También sabía que había escrito dos novelas tremendamente importantes, pero no fue hasta hace unos meses que su nombre vino a mi memoria y descargué en mi ebook la segunda de ellas, “la rebelión de Atlas”.

He pasado dos meses pegado a este libro. Pegado a un tocho de 1300 páginas que, aunque en ocasiones abruma, no ha dejado de sorprenderme a cada instante, haciéndome pensar y dar vueltas a sus argumentos una y otra vez desde que me levantaba hasta que me acostaba, cambiando mi percepción de la realidad y dando respuesta a preguntas que, en unos casos, no habia sido capaz de responder por mí mismo, y en otros, compartía desde antes de asomarme a su historia. Y nada atrae más de un libro que encontrar similitudes con tus propias ideas a la vez que te enriquece de otras.

Como siempre ocurre, uno no está de acuerdo con todos los postulados de un autor, un personaje o una filosofía. Pero en este caso es realmente asombrosa la coherencia del pensamiento que envuelve toda la obra, igual que la empatía que uno puede llegar a sentir -en mayor o menor medida- con decenas del centenar de personajes que la recorren. Jamás en mi vida habia sentido tal admiración por un protagonista y tampoco había llegado al extremo de replantearme tal cantidad de mis propias ideas por aquello que había encontrado en un libro. Bien, ha ocurrido. Y me cuesta creer que haya necesitado tantos años y tanto recorrido para llegar a conocer una obra que, para mí, verdaderamente, es una de los grandes. El típico tocho que no puede faltar en ninguna casa y que debe ser prestado a los jóvenes que disfrutan de la lectura, siempre que estén preparados para apreciar todo lo que puede ofrecer.

La rebelión de Atlas es un libro revolucionario. Tremendo. Uno de esos libros que te pueden gustar más o menos, parecerte demasiado largo o aburrido, descriptivo hasta lo insospechado y en ocasiones demasiado profundo. Pero lo que es innegable es que cuando el lector se sumerge en su mundo ya no puede salir. Y cuando lo hace, algo es un su cabeza se habrá tambaleado, o directamente, cambiado por completo.

Esta obra es universal. Tiene un abanico de personajes tan perfectamente caracterizados, tan etiquetables y representativos del mundo en que vivimos que resultan escalofriantes. Tiene una historia absolutamente monumental. Ficticia, pero tan ligada a nuestro mundo y su desarrollo que es imposible no compararla con lo que está ocurriendo actualmente en nuestro planeta (y si tenemos en cuenta que fue publicada en 1957 eso es un mérito más). Abarca tantos temas y desde unas perspectivas tan revolucionarias que uno no sabe que parte de sí mismo quedará libre de su influencia. Rand habla de razón, de moral, de economía, de capitalismo, de amor, de traición, de lealtad, de sacrificio, de respeto, de política, de filosofía, de historia, de la vida, de la muerte….del ser humano. El libro lo abarca todo, con todos sus personajes pugnando por ver con cuál de ellos se sentirá más identificado el lector, mientras a su alrededor las luchas, las dificultades, el sufrimiento y la calma nos arrastran página tras página durante meses.

Porque esa es otra. Quién esté acostumbrado a leer un libro en dos semanas o un mes, que se vaya olvidando. Este libro es para leerlo despacio. Saboreando cada palabra como si de un buen vino se tratara. Comparando las ideas que ofrece con las nuestras propias. En definitiva, profundizando en él. Y da igual cual sea el resultado. No importa si tras terminarlo nos hacemos admiradores acérrimos de Rand. No importa si estamos completamente en contra de todo lo que su obra destila. Ni siquiera importa si nos decepciona o nos maravilla (como ha sido mi caso). Es imposible leerlo y no sentir al menos un ligero cambio en nosotros mismos.

Más de uno se habrá dado cuenta de que, en un post dedicado a un libro, no he dicho una sola palabra acerca de su argumento. La razón es simple: No pienso hacerlo. Quiero manipular a todos los que lean este post. Lo reconozco. Quiero que les pique tanto la curiosodad como para acercarse a la biblioteca más cercana y empiecen a leer la novela sin mirar la contraportada siquiera (y mucho menos el prólogo).

Creo que la razón por la que este libro ha pasado a significar para mí lo que significa hoy es por la sencilla razón de que me acerqué a él sin ideas preconcebidas. Sin conocer nada de su historia, ni el nombre de sus personajes, ni un mísero dato acerca de su trama. Sólo de esa manera el lector podrá sentir la satisfacción que representa navegar por sus páginas.

Las mejores 1300 páginas que he leído nunca. Y yo no soy alguien con facilidad para hacer afirmaciones de este tipo (que luego las propias palabras son muy indigestas). Hay que arriesgarse. Sólo así podréis disfrutar de la respuesta a la gran pregunta:

¿Quién es John Galt?

Yo ya lo sé. Ahora os toca.

Tschüss.