Posts etiquetados ‘opinion’

SOBRE EL SER RICO (Breve apunte)

Publicado: 14 octubre, 2013 en Post Libres
Etiquetas:, , ,

Últimamente, por comentarios y reacciones tanto aquí como en el día a día, creo que se ha producido aquí un error. El de aquéllos que, tras leer algún artículo del blog, interpretan que yo sostengo que hacerse rico es lo más fácil del mundo. O que generar riqueza a altos niveles es algo que todos podemos hacer.

Aclaremos: No. En ningún caso. De hecho es la idea opuesta.

Generar riqueza es muy difícil. Algo a la altura de unos pocos. Mentes brillantes que desarrollan los logros de la humanidad, que dan forma a las grandes obras del arte y la literatura, o que crean nuevas herramientas que cambian el paso del planeta, y se enriquecen con esas aportaciones, no son normales. Es algo que no puede conseguir cualquiera. Requiere brillantez, genio, inteligencia, esfuerzo, coraje y muchas otras virtudes que no todos poseemos.

Ahí está precisamente su mérito: Hacen aquello que no todos podemos hacer. Y yo respeto eso.

Espero que ya esté claro.

Anuncios

No hay día que no encuentre en las redes sociales opiniones, imágenes o noticias que no dejen de asombrarme. Unas veces por estar completamente en desacuerdo con ellas, otras por reconocer que no estoy al tanto del tema en cuestión, otras porque considero que detrás hay una falta de conocimientos importante, y las últimas, la mayoría, porque muestran una patente falta de respeto y vergüenza verdaderamente alarmantes. El hashtag #StalinAsesino, que es trending topic en Twitter en estos momentos, es uno de estos casos.

Las opiniones, como los culos, son diferentes en cada persona y tienen la característica, al igual que aquéllos, de que todo el mundo tiene una. Algo que es completamente razonable y adecuado. Otra cosa muy diferente es aquéllo de que “todas las opiniones son iguales” y de que todas merecen el mismo valor. Eso es una estupidez. La opinión de un experto en un materia, apoyada por datos objetivos debe tener, necesariamente, más peso que la de un analfabeto que proclama un eslogan sin base alguna. Y la palabra de una persona honrada y recta, siempre deberá ser acogida con mayor estima que la de un oportunista o mentiroso en situaciones en las que las primeras virtudes (honradez, bondad) sean las deseadas. Es decir: Que no todo vale. Mejor dicho: No todas las opiniones valen lo mismo.

Por todo ello, la defensa en Twitter de la figura del mayor genocida de Europa, el choteo a costa de uno de los períodos más sangrientos de la historia y la patente incultura que éso demuestra -y fomenta-, es algo que me da verdaderas naúseas.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili fue el responsable directo de la muerte de cerca de 20 millones de personas. Intauró uno de los regímenes más despóticos, crueles e inhumanos que el mundo ha conocido, y arrasó las filas de todos aquellos que, o bien no compartían su visión, o bien podían hacerle sombra. Tanto daba que éso incluyera a amigos o enemigos; hombres, mujeres o niños; inocentes o culpables. Si la bondad de un hombre se mide por sus actos y su respeto a los derechos de los demás, Stalin debe figurar, merecidamente, como uno de los seres humanos más horribles del S. XX.

Imaginemos alabanzas en las redes sociales a Hitler. Imaginemos un hashtag tipo: #Francoeralahostia. O un perfil de facebook cuya cabecera fuera “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado” con una foto de Mussolini de perfil. O mejor, para no saltarnos la barrera ideológica (aunque son dos perros con el mismo collar), la misma acción que se está llevando a cabo ahora con la figura de Pol Pot o Mao. Las críticas serían, o deberían ser,  inmediatas desde todos los rincones del mundo. Y estaría bien.

Personalmente considero el Comunismo (y más concretamente el Estalinismo) como el peor sistema que los últimos siglos han visto. No digo que todos los demás sean perfectos o deseables, sino que éste, para mí, es el peor de todos. Un mundo donde el individuo (yo, tú) no es nada más que una cifra. Donde la libertad, en cualquiera de sus aspectos esenciales, es nula. Donde la propiedad de tu trabajo, de tu capacidad, no te pertenece, y en donde todos somos iguales sin tener en cuenta nuestro esfuerzo, nuestra honradez, nuestra bondad, nuestra excelencia. Lo que significa, traducido, que un hijo de puta vale lo mismo que un hombre decente, un vago lo mismo que un trabajador o un hombre productivo, un inculto lo mismo que un culto. No estoy hablando de derechos u oportunidades (éstas sí deben ser, inicialmente, iguales para todos), sino de la justicia diaria que los propios actos conllevan y que éste modelo, y los que comparten sus características, destruye de manera imperturbable, convencida y con la cabeza muy alta. Como sólo el fanatismo ignorante es capaz.

Un mundo así, de esclavos, de seres que no pueden perseguir aquello que quieren, y en el que la vida y los derechos de cada uno no valen nada, es un mundo en el que yo me negaría a vivir. Y este señor es su representación física.

La banalización, tergiversación, simplificación o mero uso cómico de las figuras más salvajes y siniestras de la historia no es ninguna tontería. Todo eso, mal encauzado, lleva al desconocimiento y a la incultura, haciendo posible que dichos comportamientos vuelvan a producirse. La experiencia es la base del conocimiento humano y la eliminación, o cambio, de hechos reales es algo preocupante, y llegado el caso, peligroso. Nos quita certezas, nos quita información, nos quita cultura. Si ésta última es el escudo que cada ser humano porta frente a la vida, tales acciones son la herrumbre, las grietas, que terminan por destruirlo y dejan a la persona indefensa, incapaz de parar las embestidas que se le presenten y sin posibilidad para prever lo que puede esperar del futuro.

Algunas afirmaciones que he leído son tan estúpidas que le llevan a uno desear meterse en una cueva y no salir de allí jamás. Tan simples, tan faltas de rigor y de una mínima visión de conjunto que uno no puede menos que asustarse: “Stalin dió asistencia sanitaria universal”, olvidando que el coste del ineficaz sistema era una sanidad de una calidad tan pobre que la cantidad de muertos y enfermos era impensable en cualquier otro país occidental. “Stalin dió comida al pueblo”, olvidando que su caduco e irreal modelo productivo hizo que dichos alimentos fueran durante décadas insuficientes, condenando a morir de inanición a millones de personas. “Stalin trajo orden”, a costa de asesinar a millones de personas cuyo único delito (o no) era opinar. Imponiendo un sistema de terror del que no había manera de escapar. “Stalin garantizó servicios sociales básicos”. Sí. También lo hizo Hitler, Mussolini o Franco (incluso mejores y de mayor porcentaje efectivo para la población), todos defensores de ese tipo de sistemas públicos controlados férreamente por el estado. ¿Es éso lo que de verdad queremos? ¿Son ésos los ideales a los que debemos aspirar? Si ése es el futuro que nos aguarda avísenme para huir de aquí lo antes posible por favor.

Más de uno, o dos, achacarán todos esos males al egoísmo de los tiranos. Bien, pues no es cierto. La realidad es exactamente la contraria: Todos los genocidas de la historia han sido seguidores del colectivismo y el utilitarismo. Todos ellos han basado la moral de sus actos y los han justificado en base a que “era lo mejor para el conjunto”, para la mayoría. Ese código moral es el que está presente en todos esos sistemas y todos los dictadores lo han seguido fervientemente, a pies juntillas. Convencidos de que era “lo bueno”. El famoso “La historia me absolverá”, ya saben.

Sin embargo, el dedo acusador de la opinión pública (como reflejan la mayoría de los twits que he leído hoy) apuntan hacia otro cabeza de turco: El egoísmo, el individualismo. Y, evidentemente, contra el sistema que hace de ellos su bandera: El Capitalismo. Pero, de nuevo, es un error. Una falacia. Porque el “Capitalismo” que culpan no es Capitalismo.

El Capitalismo es egoísta, pero en el mejor sentido del término: Se trata de no vivir para nadie más (por obligación) que para uno mismo y de no obligar a nadie a vivir para ti. Respeto absoluto a tus derechos individuales y obligación de respetar esos mismos derechos en los demás. Libertad para vivir, para trabajar, para estar de acuerdo o en desacuerdo, sin más herramienta que la negociación entre personas. Y ese sistema, hoy, NO EXISTE. Cuando nos hemos acercado a ese ideal nunca ha fallado (Que me disculpe Charles Dickens, se equivocó. No vió los resultados que nosotros sí tenemos la suerte de conocer). Pero no queremos verlo. No queremos llamar a las cosas por su nombre, ni mirar en detalle, ni aprender. El sufrimiento que tanto esgrimen como consecuencia no tiene cabida en el individualismo, porque implica dependencia y eso destruye el propio fin del sistema: Ser independiente. Libre. Es inexacto según las reglas de la lógica, del mismo modo que matemáticamente 2 más 2 no pueden sumar 5.

Quizá yo soy un paranoico y estoy exagerando, pero cada día me preocupa más hacia dónde vamos. Me preocupa que estemos perdiendo las pocas certezas que tenemos y que olvidemos lo que la historia nos ha enseñado después de cientos de años de golpes. Somos niños jugando con un mechero en un charco de gasolina y me pregunto si, tal vez, ése es el estado natural del ser humano a nivel colectivo: La estupidez.

El tiempo lo dirá.